La dependencia emocional

Una consulta muy habitual en las clínicas de psicología es la referente a los problemas de dependencia en niños. Esta se da en padres que, de un modo u otro, creen que sus hijos tienen menor autonomía de la que les corresponde. La dependencia emocional consiste en la necesidad excesiva de un menor de estar junto a sus padres para sentirse a gusto, cómodo, seguro y protegido. El proceso de maduración y desarrollo de los niños consiste precisamente en llegar a ser independientes y autosuficientes. Así, pasan de una absoluta dependencia al nacer, a una vida autónoma en la etapa adulta. En las primeras etapas de la vida, el menor requiere de sus padres para todo; poco a poco, de manera gradual, esta dependencia se va viendo reducida, hasta llegar finalmente a ser autosuficientes.

En la primera infancia, hasta los dos o tres años, todos los niños son totalmente dependientes. Es a partir de esta etapa cuando empieza a desarrollarse, al principio lentamente, la autonomía personal. Al nacer, el bebé requiere de atención constante por parte de sus padres, quienes le proporcionan comida, cuidados, limpieza, etc. Cuando empieza a crecer, esta atención va siendo cada vez menos necesaria, en tanto que el niño puede conseguir algunas de estas cosas por sí mismo. Así, gradualmente y a medida que va madurando, el menor se desarrollará hasta convertirse en un adulto autónomo.

Sin embargo, en ocasiones puede suceder que este proceso no se cumpla satisfactoriamente. Esto puede deberse a distintos motivos:

  • Problemas de apego. Como consecuencia de una carencia afectiva por parte de los padres, los niños crecen inseguros. El apego paterno es fundamental para desarrollar una autoestima sana y seguridad en uno mismo; evidentemente, si un niño carece de esta seguridad buscará siempre un refuerzo externo, dando lugar así a la dependencia.
  • Falta de reconocimiento. Se da cuando los padres no valoran los logros del niño, le corrigen o le reprenden frecuentemente. Esta dinámica también puede dar lugar a una personalidad insegura. El menor que se ha criado con estas condiciones no cree que pueda alcanzar ningún logro relevante. Como consecuencia, estos niños también serán dependientes de una figura que actúe como refuerzo externo.
  • Sobreprotección. Sería el extremo opuesto a los puntos anteriores, en el que los padres están permanentemente cuidando del niño. En estos casos, este no podrá adquirir esa independencia y autonomía que le serán necesarias en su vida adulta.
  • Falta de disciplina. Criarse sin unas normas establecidas y de obligado cumplimiento puede hacer que el niño no asuma responsabilidades. Así, a veces adquirir esa autonomía e independencia no es tarea sencilla, sino que supone un esfuerzo. En estos casos, menor debe ser obligado a afrontar sus miedos y hacerse cargo de sus obligaciones. De no ser así, puede generarse una dependencia como forma de que otras personas asuman esas responsabilidades.

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