¿Tienen los niños pequeños preferencias dentro de su familia? La respuesta corta es sí. La respuesta importante es que no es un rechazo, no es manipulación y no es un problema. Es desarrollo emocional en acción. Desde los primeros meses de vida, los niños empiezan a organizar su mundo afectivo no en términos de igualdad, sino de seguridad. Y la seguridad, en la psiquis infantil, no siempre se reparte en partes iguales.
Los bebés y niños pequeños no aman menos a unas personas por amar más a otras. Su cerebro todavía no funciona con lógicas abstractas como “justicia” o “equilibrio emocional”. Funciona con una pregunta básica y poderosa: ¿con quién me siento más protegido cuando algo me pasa? Esta es la base de la teoría del apego, desarrollada por John Bowlby, quien explicó que los niños tienden a vincularse de manera más intensa con la figura que responde de forma más consistente a sus necesidades físicas y emocionales. No se trata de quién quiere más, sino de quién está más disponible.
En los primeros años, el apego no se distribuye democráticamente. Un niño puede buscar más a mamá para dormir, a papá para jugar, a la abuela para calmarse o a un hermano mayor para explorar. Estas preferencias cambian, se superponen y se mueven según el momento evolutivo, el cansancio, el contexto y la experiencia previa. No son etiquetas permanentes, son estados emocionales.
Mary Ainsworth, colaboradora de Bowlby, mostró que los niños desarrollan mayor seguridad cuando una figura responde de manera predecible. Esa predictibilidad crea una base segura desde la cual el niño se atreve a explorar el mundo. Por eso, cuando un bebé llora y solo quiere que lo cargue una persona específica, no está rechazando a los demás. Está buscando la sensación interna que ya conoce, la que su cuerpo reconoce como reguladora.
Aquí aparece una escena común en muchas familias: “Conmigo no quiere, solo con él”, “Siempre prefiere a la abuela”, “No quiere que lo cargue su papá”. Estas situaciones suelen doler en el mundo adulto, pero en el mundo infantil no tienen la carga emocional que les damos. El niño no está eligiendo desde la conciencia, está respondiendo desde el sistema nervioso. Busca a quien mejor le ayuda a volver al equilibrio cuando se siente desbordado.
La edad también influye. En los primeros dos años de vida, la preferencia suele estar ligada a quien cubre la mayoría de las necesidades básicas: alimentación, sueño, consuelo. Más adelante, cuando el niño gana autonomía, las preferencias pueden inclinarse hacia quien ofrece juego, exploración o límites claros. No es contradictorio, es complementario. Cada vínculo cumple una función distinta en la construcción emocional del niño.
Otro factor importante es el momento vital del niño. Cuando está enfermo, cansado o asustado, suele volver a la figura que le brinda mayor contención. Cuando se siente seguro, se abre más a otros vínculos. Esto explica por qué a veces un niño parece “rechazar” a alguien justo cuando más se le insiste en compartir o vincularse. La seguridad no se impone, se ofrece.
Forzar a un niño a repartir afecto, brazos o atención en partes iguales puede generar el efecto contrario al esperado. En lugar de aprender a compartir, aprende que sus señales internas no son escuchadas. Donald Winnicott señalaba que un niño necesita sentir que sus necesidades emocionales son legítimas para poder, más adelante, considerar las de los demás. La empatía nace de haber sido comprendido, no de haber sido obligado.
Esto no significa excluir ni reforzar dinámicas rígidas. Los adultos pueden favorecer vínculos sin imponerlos. Permitir que el niño se acerque a su ritmo, crear espacios de juego compartido, respetar sus tiempos y evitar comparaciones son formas sanas de ampliar su red afectiva. El vínculo crece cuando hay experiencia positiva, no cuando hay presión.
También es importante entender que las preferencias no definen el amor a largo plazo. Un niño que hoy solo quiere a una persona no será un adulto incapaz de vincularse con otros. Al contrario, un apego seguro temprano suele facilitar relaciones más sanas en el futuro. La seguridad es expansiva, no excluyente.
En el fondo, las preferencias infantiles nos hablan más de cómo se siente el niño que de cómo quieren a los adultos. Son una brújula emocional, no un juicio. Si logramos leerlas con calma y sin tomarlas de forma personal, podremos acompañar mejor el desarrollo afectivo de nuestros hijos.
Y sí, a veces la galleta solo se la quieren dar a uno. No porque los demás no importen, sino porque en ese momento, ese uno es quien les da la certeza de que el mundo sigue siendo un lugar seguro.




