¿Y si tu hijo es fuego y tú eres agua? Lo que Elemental puede enseñarnos sobre crecer siendo distintos

Pixar lo volvió a hacer. Convirtió una ciudad en metáfora, una historia de amor imposible en puente, y una chica hecha de fuego en espejo de muchos niños y niñas que sienten que, por más que lo intenten, nunca encajan del todo. Elemental no es solo una historia sobre diferencias, es una película sobre identidad, expectativas, migración, prejuicio… y sí, también sobre el amor.

Pero esta vez el amor no es solo el romántico (aunque Wade y Ember nos regalan una química deliciosa y fuera de toda lógica física). Es también el amor entre padre e hija, entre generaciones, entre raíces y alas. Y cuando un niño ve esta película, no está viendo fuego y agua. Está viendo lo que pasa cuando te dicen que no puedes ser quien eres, cuando te piden que no sientas tan fuerte, o cuando la lealtad a tu familia choca con la vida que quieres construir.

Ember es impulsiva, fuerte, intensa, valiente. Pero también se enoja rápido, explota, y teme decepcionar. No puede entrar a ciertos lugares, se le exige cuidado todo el tiempo, y aunque tiene talento, pasión y un corazón gigante, el mundo parece no estar hecho para ella. ¿Te suena? Muchos niños —especialmente aquellos con emociones grandes, con energía que no cabe en las aulas, con rabia que nadie les ha enseñado a nombrar— ven en Ember un reflejo de sí mismos.

Y Wade, por su parte, es emoción pura. Llora, se conmueve, se abre. Representa esa masculinidad nueva, libre, suave, que tantos niños necesitan ver para saber que no hay nada mal en ser sensibles, en mostrar ternura, en llorar sin culpa.

Los papás de Ember no son solo personajes secundarios. Son la historia de muchas familias que llegan a un nuevo lugar con sueños grandes, acentos marcados y un equipaje lleno de orgullo cultural. Son padres que aman tanto, que a veces sin querer aprietan demasiado. Que lo dieron todo por sus hijos, y que esperan —con toda la buena intención— que esos hijos devuelvan el sacrificio siguiendo un plan que ellos ya trazaron. Desde la psicología del desarrollo, esto toca fibras profundas del apego, del sentido de pertenencia y de la construcción de la identidad en contextos diversos. ¿Quién soy cuando mis raíces van por un lado, pero mis alas quieren volar hacia otro?

Más allá de lo visual, la película le habla a los niños con preguntas que no siempre pueden decir en voz alta. ¿Y si soy diferente? ¿Y si no quiero seguir el camino que mis papás soñaron para mí? ¿Y si siento demasiado, me enojo demasiado, me emociono demasiado? ¿Hay un lugar para mí en el mundo si no sé cómo “calmarme”?

Acompañamos. Nombramos. No tratamos de apagar el fuego ni de secar las lágrimas. Dejamos que nuestros hijos nos enseñen también quiénes son, incluso si eso desordena nuestras ideas sobre lo que “deberían ser”. Porque a veces, lo más valiente que puede hacer un padre o una madre es permitir que su hijo no se parezca a ellos.

¿Qué le pasa a una niña cuando cae por una madriguera?

Alicia en el país de las maravillas no es solo una historia absurda llena de conejos con reloj, gatos que desaparecen y reinas que gritan «¡que le corten la cabeza!» con más entusiasmo que un jefe estresado. Es un retrato emocional de lo que se siente ser niño cuando el mundo deja de tener sentido. O mejor dicho: cuando te das cuenta de que nunca lo tuvo del todo.

Alicia, como tantos niños, empieza su historia bostezando en medio de una lección aburridísima. Y ahí está el primer guiño: ¿qué hace uno cuando el mundo adulto no emociona, no se entiende y parece que va más lento que un caracol con sueño? Se escapa. A veces con la imaginación, a veces con un libro, a veces simplemente cerrando los ojos. Y así, sin previo aviso, Alicia cae. Por una madriguera. Larga, profunda, absurda. Como caen los niños en sus pensamientos cuando el mundo de arriba ya no les alcanza.

Lo interesante es que Alicia no grita. No entra en pánico. Mientras cae, piensa. Observa. Se pregunta cosas. Y en ese gesto, tan simple y tan profundo, se revela una de las grandes verdades de la infancia: los niños son filósofos en miniatura. No buscan respuestas correctas, buscan entender, aunque sea a su manera.

El País de las Maravillas, por su parte, es el escenario perfecto para mostrar lo que vive un niño cuando empieza a hacerse preguntas sobre identidad, lógica, poder y emociones. Nada tiene sentido. Las reglas cambian cada minuto. Las palabras no significan lo mismo de un momento a otro. Las emociones se desbordan. Creces y encoges sin aviso. ¿Suena exagerado? Pues bienvenida a la infancia.

Porque en el fondo, Alicia es una historia sobre lo que se siente al crecer cuando nadie te explica del todo cómo funciona el mundo. Los adultos dicen cosas raras. Las normas parecen arbitrarias. Hay castigos ilógicos. La lógica se rompe y se recompone a cada paso. Y, sin embargo, hay algo en ti que insiste en buscar coherencia. Aunque todos estén locos.

Cada personaje con el que se encuentra Alicia representa algo que los niños experimentan. El Conejo Blanco es la prisa del tiempo, ese tic-tac que los apura sin que entiendan por qué. El Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo encarnan conversaciones sin sentido, como las que tienen que soportar a veces cuando nadie les habla con claridad. El Gato de Cheshire, que aparece y desaparece dejando solo su sonrisa, es ese tipo de sabiduría inquietante que parece que sabe todo, pero nunca te dice nada directamente. ¿Y la Reina de Corazones? Bueno, es la versión extrema de cualquier figura de autoridad que grita sin que sepas qué hiciste mal.

Pero Alicia no solo observa este mundo. Lo cuestiona. Una y otra vez. Y ahí está el verdadero poder del cuento. Los niños se ven reflejados en esa capacidad de preguntar, de no conformarse, de poner en duda lo que parece “normal”. Alicia no acepta todo como viene. Se confunde, se enoja, se frustra… pero sigue caminando. Sigue buscando sentido. Sigue preguntando quién es, incluso cuando cambia de tamaño cada dos páginas. Porque, como los niños, está construyendo su identidad a partir de lo absurdo, de lo emocional, de lo contradictorio.

El gran final —cuando Alicia se planta frente a la reina, cuestiona su autoridad y finalmente se despierta— no es solo un “y colorín colorado”. Es una afirmación de poder personal. De esa fuerza que nace cuando un niño empieza a confiar en su voz, en su criterio, en su capacidad de decir: “esto no tiene sentido para mí, y eso está bien”. Es, en cierta forma, el nacimiento de la conciencia crítica.

Entonces, ¿qué representa Alicia en el país de las maravillas en la mente de un niño? Representa ese torbellino de emociones, ideas y preguntas que trae consigo crecer en un mundo donde las reglas parecen cambiantes y arbitrarias. Les dice que está bien no entender todo. Que el caos no siempre es malo. Que preguntar es valioso. Y que, aunque todo parezca patas arriba, ellos también pueden encontrar su camino.

Intensamente 2: emociones nuevas, miedos nuevos, yo nuevo

Si la primera Intensamente nos enseñó que la tristeza también era importante, Intensamente 2 llega para recordarnos algo más difícil de aceptar: crecer duele. Y no porque sea trágico, sino porque implica perder versiones de uno mismo, convivir con emociones nuevas, y vivir —por primera vez— un desorden emocional que no se puede explicar con emojis.

Riley tiene ahora 13 años. Y lo que parece un pequeño salto en edad es, desde la psicología del desarrollo, un terremoto hormonal, neurológico y social. Comienza la adolescencia, y con ella, una reconfiguración completa del cerebro emocional. Aparecen emociones más complejas: Ansiedad, Envidia, Vergüenza, y Ennui (ese hastío adolescente con acento francés que no sabíamos que tenía nombre). Son emociones que no vienen a reemplazar a Alegría, Tristeza o Furia, sino a desorganizar el sistema por completo… porque crecer es eso: reordenar desde el caos.

Desde el enfoque de Erik Erikson, esta etapa del desarrollo se llama búsqueda de identidad vs. confusión de roles. Riley ya no es solo una niña feliz que juega hockey. Ahora empieza a preguntarse quién es, quién quiere ser, quién la ven como sus amigas, qué piensa la gente, cómo encajar sin dejar de ser ella. Es el inicio del torbellino adolescente, donde la construcción del “yo” es un rompecabezas que cambia de forma cada día.

En este contexto aparece Ansiedad como la protagonista emocional. Y no es casual. Desde la neurociencia, sabemos que la amígdala (el centro del miedo) se vuelve especialmente activa en la adolescencia. Todo se vuelve más intenso, más personal, más peligroso. Lo que antes era un error ahora es una catástrofe social. Lo que antes era una emoción pasajera ahora es una montaña rusa interna. Ansiedad, en la película, no es la villana. Es una emoción que quiere ayudar, que intenta anticiparse a los peligros, pero termina sobrecontrolando todo. Exactamente como sucede en la vida real.

Intensamente 2 también presenta otro cambio fascinante: la deconstrucción del “yo”. En la primera película, Joy nos mostraba las Islas de la Personalidad. En esta, descubrimos el Sentido del Yo, que no es algo sólido sino un cristal en construcción, lleno de creencias internas que se activan con emociones. Riley ya no se define solo por lo que hace, sino por lo que cree de sí misma. “Soy una buena amiga”, “Soy una buena jugadora”, “Soy alguien con quien se puede contar”… Hasta que la ansiedad empieza a cuestionar cada una.

Esto conecta directamente con el concepto de autoesquemas: las creencias que tenemos sobre quiénes somos. Cuando esos autoesquemas se ven amenazados (porque perdemos un partido, porque nos peleamos con una amiga, porque nos rechazan), sentimos que se tambalea nuestra identidad entera. Riley vive esa crisis. Y como muchos adolescentes, intenta adaptarse. Se esconde detrás de lo que cree que los demás quieren ver. Se aleja de lo que era. Se “traiciona” para pertenecer.

Pero la película, con la dulzura emocional que solo Pixar logra, nos recuerda algo vital: no podemos construir una identidad saludable si excluimos nuestras emociones incómodas. Alegría se da cuenta de que no puede enterrar las emociones difíciles. Literalmente. Las había mandado al fondo. Pero sin ellas, el “yo” de Riley se vuelve frágil, falso, ansioso.

¿La solución? Integrar. Dejar que todas hablen. Que la tristeza tenga voz. Que la vergüenza se asome. Que la ansiedad no tome el control, pero que tampoco sea expulsada. Porque formar una identidad saludable es aprender a convivir con todo lo que somos. No solo con lo bonito.

Intensamente 2 no es solo una secuela. Es una lección emocional. Nos enseña que crecer no es dejar de ser quienes fuimos, sino integrar versiones nuevas, aceptar emociones nuevas, y entender que el yo no se define por el control, sino por la conexión.

Y sí: a veces, para crecer, primero hay que desmoronarse un poquito por dentro.

¿Qué encuentra un niño al seguir el camino de baldosas amarillas?

El Mago de Oz parece, a simple vista, una historia de brujas, tornados, espantapájaros y un perrito muy comprometido con la trama. Pero cuando lo miramos con ojos de psicología infantil (esos que se ponen cuando uno se agacha para ver el mundo desde un metro veinte), el libro de L. Frank Baum se transforma en un mapa emocional, en un cuento iniciático, en una gran metáfora sobre crecer y descubrir quién eres.

Para un niño o una niña, el tornado no es solo viento y caos: es el símbolo de esos momentos en que el mundo se pone patas arriba. Un cambio de casa, el nacimiento de un hermano, el primer día en un colegio nuevo… ¡zas! Tornado. Todo se mueve, todo da vueltas y de pronto ya no estás en Kansas. Estás en un lugar extraño donde las reglas son nuevas, la gente canta demasiado y los zapatos te los dan sin preguntar talla. Bienvenido a Oz.

Y es que, a lo tonto, Dorothy no solo aterriza en otro mundo. Aterriza en la metáfora más grande de la infancia: ese lugar donde todo es posible, pero donde también hay que aprender a tomar decisiones, a confiar en otros, a enfrentarse a miedos y, sobre todo, a descubrir que uno tiene más fuerza de la que creía.

El viaje por el camino de baldosas amarillas es, en realidad, un viaje hacia adentro. Y eso los niños lo captan mejor que nadie. A cada paso, Dorothy se encuentra con personajes que dicen necesitar algo: un cerebro, un corazón, valor. ¿Y qué hacen los niños al ver esto? Se identifican. Porque ellos también están construyendo sus ideas, sus emociones, su autoestima. Están preguntándose si son lo suficientemente listos, si lo que sienten está bien, si tendrán el coraje para ser ellos mismos en un mundo que muchas veces les exige ser otra cosa.

El Espantapájaros cree que necesita un cerebro, pero es el más creativo del grupo. El Hombre de Hojalata cree no tener corazón, pero es el más sensible y solidario. El León se siente cobarde, pero cuando hay que rugir, ruge con todo. Y Dorothy… bueno, Dorothy solo quiere volver a casa. Pero en el fondo, también está aprendiendo que la casa no es solo un lugar físico, sino ese lugar dentro de ti donde te sientes a salvo.

Y aquí está lo más bonito: los niños entienden que ya tienen lo que creen que les falta. Que a veces solo necesitan que alguien les acompañe en el camino, les escuche sin juzgar y les diga “tú puedes” sin ponerlo en una camiseta motivacional.

Además, El Mago de Oz no tiene miedo de hablar de lo que asusta. Hay brujas malas, monos voladores, engaños, momentos en los que todo parece perdido. Y eso también es importante. Porque la infancia no es solo arcoíris (aunque haya uno muy famoso en esta historia). Es también frustración, miedo, enojo, confusión. Y cuando un cuento los incluye sin suavizarlos en exceso, les da a los niños herramientas para nombrarlos y atravesarlos.

Por eso, cuando al final se revela que el Mago no es tan mago, sino un señor con buen manejo de efectos especiales, los niños no se decepcionan: se empoderan. Descubren que muchas veces las respuestas no están en una figura grandiosa, sino en ellos mismos. Que la magia no siempre viene de afuera, sino que se construye con pasos, amigos y zapatos bien puestos.

Y claro, esos zapatos. Esos zapatos brillantes que no solo sirven para caminar, sino para recordarles que a veces lo que buscamos afuera ya lo llevamos puesto. Que el poder de volver a casa, de encontrarse, de ser, siempre estuvo ahí. Solo había que hacer clic.

Así que la próxima vez que un niño lea El Mago de Oz, no le digas que es solo un cuento de aventuras. Es un mapa emocional, una invitación a conocerse, un espejo con brillos. Y mientras recorre ese camino amarillo, aunque tropiece, aunque tenga miedo, aunque dude… está creciendo. Está encontrando su propio Kansas, con todo y su Toto.

Ser el espejo de nuestros hijos

Ser padre o madre no es solo proveer, educar y amar, también es, sin darnos cuenta, convertirnos en el primer espejo en el que nuestros hijos se miran. Desde pequeños, aprenden observándonos, más allá de lo que les decimos directamente. No importa cuántas veces les insistamos en que sean amables, empáticos y responsables si, al mismo tiempo, nos ven comportándonos de manera opuesta en nuestro día a día. Y es que las actitudes que como adultos tenemos, muchas veces las transmitimos sin siquiera ser conscientes de ello.

Por ejemplo, en el mundo adulto, acumulamos emociones constantemente. En el trabajo, en la vida diaria, con amigos y hasta con la familia, muchas veces escondemos lo que realmente sentimos. Guardamos el enojo para evitar conflictos, fingimos estar bien cuando no lo estamos y cargamos frustraciones sin darles un espacio para expresarlas. ¿El problema? Nuestros hijos nos ven. Aprenden que mostrar lo que sienten no es seguro o adecuado, que deben guardarse sus emociones porque «así es la vida». Y, sin darnos cuenta, les enseñamos que la vulnerabilidad es una debilidad cuando, en realidad, es parte fundamental del bienestar emocional.

Queremos que nuestros hijos sean generosos, que compartan y que quieran lo mejor para sus amigos, pero, ¿qué ven en nosotros? En el trabajo, en círculos sociales o incluso dentro de la familia, a veces actuamos con segundas intenciones. Puede ser ese momento en que secretamente esperamos que un colega cometa un error para resaltarlo o cuando celebramos en silencio que a alguien no le fue tan bien como esperaba. Si nuestros hijos nos ven disfrutando del fracaso ajeno o comparándonos constantemente con los demás, aprenderán que el éxito no se trata de crecer juntos, sino de estar por encima de los otros.

Además, está la cuestión del esfuerzo y la perseverancia. Queremos que nuestros hijos sean trabajadores, que no se rindan fácilmente ante las dificultades, pero ¿qué sucede cuando nos ven renunciar a algo porque parece muy complicado? Si nos ven quejarnos constantemente del trabajo, de las responsabilidades o de los obstáculos en la vida, ¿qué mensaje les estamos enviando? Si queremos que nuestros hijos aprendan la importancia del esfuerzo, primero debemos demostrarlo nosotros. Enfrentar los desafíos con determinación, buscar soluciones en lugar de excusas y demostrar que cada esfuerzo tiene su recompensa es la mejor manera de inculcar estos valores.

En la vida nos vemos compartiendo con todo tipo de personas, con seres amados, hasta desconocidos; y una de las bondades más grandes de una persona es la manera en que tratamos a los demás en general. Queremos que nuestros hijos sean respetuosos, que escuchen a los demás y que sean tolerantes, pero ¿cómo estamos hablamos de otras personas cuando creemos que no nos escuchan? ¿Cómo nos referimos a alguien que nos hizo daño o con quien no estamos de acuerdo? Si nuestros hijos nos ven despreciar o hablar mal de los demás, aprenderán que el respeto solo se aplica cuando nos conviene. La manera en que tratamos a quienes nos rodean es una de las enseñanzas más poderosas que podemos transmitirles, y es fundamental asegurarnos de que sea una lección positiva.

La realidad es que nuestros hijos absorben no solo lo que les enseñamos con palabras, sino lo que les mostramos con acciones. No basta con decirles cómo deben ser, tenemos que serlo nosotros primero. La pregunta que deberíamos hacernos no es solo qué estamos enseñando, sino qué estamos modelando con nuestras propias actitudes. Porque al final del día, ellos no solo escuchan lo que decimos, sino que aprenden quiénes somos y cómo enfrentamos la vida. 

La crianza de gemelos o mellizos

Si ser padre ya es un reto digno de un reality show de supervivencia, criar gemelos o mellizos es básicamente jugar en modo experto con la pantalla dividida. Desde el momento en que descubres que hay dos (o más) corazones latiendo en el ultrasonido, la gente empieza a hacer preguntas y suposiciones como si fueran expertos en el tema: «¿Los vas a vestir igual?», «¿Tienen el mismo carácter?», «¿Quién es el líder y quién sigue?». Como si compartir ADN significara compartir la personalidad, los gustos y hasta el destino.

Crecemos con la idea romántica de que los gemelos son dos mitades de un todo, almas gemelas desde la cuna que piensan y sienten lo mismo. Y aunque la conexión entre hermanos puede ser maravillosa, hay algo que a menudo se pasa por alto: cada niño es un individuo. Incluso si nacieron el mismo día, incluso si se parecen la misma gota de agua, incluso si tienen un idioma secreto que los adultos no pueden descifrar.

Desde el primer día, los padres de gemelos y mellizos enfrentan un reto extra: fomentar su individualidad en un mundo que insiste en verlos como un paquete de dos por uno. A veces, sin darnos cuenta, reforzamos esta idea con detalles pequeños pero significativos: llamarlos «los gemelos» en lugar de por su nombre, comprarles la misma ropa, inscribirlos en las mismas actividades o asumir que, porque a uno le gusta el fútbol, al otro también le encantará.

Pero aquí está la realidad: cada niño, incluso si comparte genética y una habitación con su hermano, tiene su propia voz, su propio ritmo, sus propios gustos y sus propias esperanzas. Y reconocerlo no es solo importante, ES ESENCIAL. Darles espacio para desarrollar sus propios gustos, respetar sus diferencias y permitirles tomar decisiones individuales es un regalo que los acompañará toda la vida. Es recordar que ser gemelo no es una identidad en sí misma; es solo una parte de quienes son.

Por ejemplo, algunos gemelos pueden tener personalidades opuestas: uno extrovertido y el otro más reservado, uno amante de los deportes y el otro apasionado por la música. Y lo más curioso es que, aunque muchas personas los vean como una unidad, ellos mismos pueden sentir la necesidad de diferenciarse entre sí. Es común que los hermanos gemelos, al llegar a la adolescencia, busquen definir su identidad de manera más marcada.

Los padres juegan un papel fundamental en este proceso. Crear momentos de individualidad dentro de la rutina es clave. Permitir que cada uno tenga su propio espacio, sus propias amistades, sus propios intereses, sin la presión de encajar en un molde predeterminado. También es importante evitar la comparación constante entre ellos. Frases como «tu hermano lo hace mejor» o «deberías aprender de él» pueden generar sentimientos de competencia innecesaria y afectar la autoestima de ambos. Compararlos puede hacer que se sientan presionados a cumplir con estándares ajenos en lugar de explorar y aceptar sus propias fortalezas. Después de todo cada niño tiene su propio ritmo de aprendizaje, su propia manera de procesar el mundo y sus propios talentos. Valorar sus logros individuales sin ponerlos en contraste con los de su hermano les permite desarrollarse con confianza y sin el peso de una rivalidad impuesta.

Y sí, puede que haya días en los que sea más fácil tratar todo en conjunto—porque la logística de criar dos niños de la misma edad es un caos en sí mismo—pero el esfuerzo extra de verlos como individuos vale la pena. Porque al final del día, lo más valioso que puedes darle a un hijo (o a dos al mismo tiempo) es la certeza de que es visto, escuchado y amado por quien es.

Así que si eres padre de gemelos o mellizos y te preguntas si estás haciendo lo correcto, aquí tienes una pequeña brújula: pregúntate si los estás criando como una unidad o como dos personas únicas. Y si alguna vez dudas, recuerda esto: no se trata de separarlos, sino de permitirles ser quienes son. Porque el mejor regalo que puedes darles no es solo un hermano con quien compartir la vida, sino la libertad de ser ellos mismos. Al final del día, lo importante no es que sean «los gemelos Pérez» o «los hermanos García», sino simplemente ellos, con su propio nombre, su propia esencia y su propio camino.

La frustración en el colegio

Si la infancia tuviera una lista de experiencias inevitables, la frustración escolar estaría en el top 5, junto con las rodillas raspadas y las peleas por quién juega primero con el balón. Desde pequeños nos enseñan que las notas son el reflejo de nuestro esfuerzo, nuestra inteligencia y, para algunos padres, incluso nuestro valor como personas. No importa si has aprendido algo valioso en el proceso, si el resultado no es un 10 (o un A+ para los más internacionalizados), lo primero que escuchas es: «¿Por qué no sacaste más?»

El problema no es solo la exigencia académica, sino la imposición de la perfección como única meta válida. Crecemos con la idea de que equivocarse es fracasar, que todo lo que no sea «excelente» es insuficiente y que, si te esfuerzas lo suficiente, deberías poder hacerlo todo bien, siempre. Spoiler: esto no es cierto. Y, sin embargo, aquí estamos, viendo a niños y adolescentes angustiados porque un 8 en matemáticas los hace sentir menos capaces que Einstein o porque un comentario rojo en su ensayo parece un juicio a su existencia misma.

El perfeccionismo no es solo una cuestión de querer mejorar; es el miedo constante a decepcionar, a no ser suficiente, a no cumplir con las expectativas de unos padres que, aunque tienen buenas intenciones, a veces olvidan que sus hijos no son robots programados para el éxito automático. Frases como «tienes que ser el mejor», «siempre puedes hacerlo mejor» o «¿por qué no eres como tu primo que siempre saca 10?» se clavan como dardos en la autoestima de los niños, dejando una marca difícil de borrar.

Pero aquí está la gran ironía: el aprendizaje real no ocurre en la perfección, sino en los errores. La frustración de no lograr algo a la primera no es un fracaso, es parte del proceso. Y, sin embargo, muchos niños crecen sin permiso para equivocarse. No porque no quieran hacerlo bien, sino porque sienten que su valor depende de ello. Como resultado, el miedo al error se convierte en parálisis, la ansiedad reemplaza la curiosidad y el colegio deja de ser un lugar para aprender y se convierte en un campo de batalla donde la única meta es ganar (o, en este caso, sacar la mejor nota).

Entonces, ¿qué podemos hacer como adultos para evitar que la frustración escolar se convierta en una sombra permanente? Primero, cambiar el discurso. En lugar de preguntar «¿Por qué no sacaste más?», podemos preguntar «¿Cómo te sentiste con lo que aprendiste?». En lugar de exigir la perfección, podemos valorar el esfuerzo y el progreso. Y, sobre todo, en lugar de hacer de las notas el centro de la vida escolar, podemos recordarles a los niños que son mucho más que un número en un boletín. También es importante fomentar un ambiente en el que se celebre el aprendizaje en sí mismo, en el que la curiosidad tenga más peso que la memorización y en el que se valore la creatividad y la capacidad de resolver problemas más allá de una calificación numérica.

Porque al final del día, lo que realmente queremos no es que saquen 10 en todas las materias, sino que crezcan con la confianza de que equivocarse está bien, que siempre pueden mejorar sin sentirse insuficientes y que su valor no depende de una calificación, sino de lo que son como personas. Si logramos que los niños asocien el aprendizaje con el crecimiento personal en lugar de con el miedo al error, les estaremos dando una herramienta invaluable para la vida. Y si alguna vez dudas sobre si estás exigiendo demasiado, recuerda esto: lo importante no es criar niños perfectos, sino niños felices, curiosos y seguros de sí mismos. Porque la verdadera excelencia no está en la nota final, sino en el amor por aprender sin miedo a fallar y en la capacidad de enfrentar desafíos con resiliencia y confianza en sí mismos.

Cómo prevenir el bullying en nuestros hijos: Estrategias para crear un ambiente seguro

El bullying es un problema que afecta a millones de niños y adolescentes en todo el mundo. Como padres, es crucial entender cómo proteger a nuestros hijos de este fenómeno y enseñarles a enfrentar situaciones de acoso con confianza. La prevención del bullying comienza en casa y es fundamental que los padres jueguen un papel activo en el desarrollo de habilidades emocionales y sociales de sus hijos. A continuación, te ofrecemos algunas estrategias para prevenir el bullying en tus hijos.

1. Fomentar la autoestima

La autoestima es clave para que los niños puedan enfrentar situaciones difíciles, incluyendo el bullying. Los niños con una buena autoestima se sienten más seguros y son menos susceptibles a las agresiones emocionales. Como padres, podemos fomentar una autoestima saludable mediante:

  • Refuerzos positivos: Elogiar sus esfuerzos, no solo sus logros. Esto les ayudará a entender que el valor no depende de la perfección, sino del esfuerzo y la perseverancia.
  • Modelar una autoimagen positiva: Los niños aprenden observando a los adultos. Si ven que valoramos nuestras propias fortalezas y aceptamos nuestras imperfecciones, también lo harán ellos.
  • Fomentar sus pasiones: Ayudarles a descubrir lo que les apasiona y les interesa puede darles un sentido de identidad y seguridad.

2. Enseñar habilidades sociales

El bullying a menudo se basa en la diferencia o la incomodidad que genera en un grupo social. Para prevenirlo, es fundamental que los niños aprendan a manejar las interacciones sociales de manera positiva:

  • Desarrollar habilidades para resolver conflictos: Enseñarles a resolver desacuerdos de manera calmada y respetuosa es esencial para evitar que los conflictos se intensifiquen y se conviertan en situaciones de acoso.
  • Promover la empatía: Ayudarles a ponerse en el lugar de los demás y entender sus emociones les permitirá reconocer cuándo están siendo crueles o despectivos, y a corregir su comportamiento.
  • Fomentar la inclusión: Enséñales la importancia de respetar las diferencias y de ser inclusivos con todos, sin importar la apariencia, el género o las creencias.

3. Mantener una comunicación abierta

La comunicación constante y abierta con nuestros hijos es esencial para detectar señales tempranas de bullying, ya sea que ellos sean los agresores o las víctimas:

  • Preguntar sobre su día a día: Mostrar interés por lo que sucede en su entorno escolar o en sus círculos sociales les permitirá sentirse cómodos compartiendo cualquier situación incómoda o preocupante.
  • Escuchar activamente: Si tu hijo se siente acosado, es importante escuchar sin juzgar ni minimizar la situación. Asegúrate de que sepa que siempre puede hablar contigo si se siente mal o inseguro.
  • Prevenir el miedo al rechazo: Muchos niños no reportan el bullying por miedo a represalias. Asegúrate de que tu hijo entienda que siempre estarás a su lado y que la denuncia no traerá consecuencias negativas.

4. Enseñar a defenderse sin violencia

Es importante que nuestros hijos aprendan a defenderse de manera respetuosa y sin recurrir a la violencia. Hay varias formas de enseñarle a un niño a actuar frente al bullying sin incrementar el conflicto:

  • Practicar respuestas asertivas: Enséñales a responder con firmeza pero sin agresividad. Una respuesta asertiva puede ser tan simple como mirar a los ojos y decir: «No me gusta lo que estás haciendo».
  • Buscar ayuda: Recuérdales que siempre pueden acudir a un adulto de confianza si se sienten amenazados o inseguros, ya sea un maestro, un orientador escolar o tú mismo.
  • Fomentar la calma: Practicar técnicas de relajación o respiración profunda puede ayudarles a mantenerse tranquilos y evitar reacciones impulsivas.

5. Involucrarse en la comunidad escolar

Finalmente, la prevención del bullying no solo debe quedar en casa. Como padres, debemos estar involucrados en la comunidad escolar y trabajar junto con maestros y directores para fomentar un ambiente seguro para todos:

  • Conocer las políticas de la escuela: Asegúrate de que la escuela tenga un protocolo claro para manejar situaciones de bullying y que se promueva un ambiente inclusivo y respetuoso.
  • Fomentar actividades extracurriculares: Participar en actividades fuera del aula puede ayudar a tu hijo a hacer amigos y a crear vínculos más fuertes con su grupo de compañeros, lo cual reduce el riesgo de aislamiento y acoso.
  • Colaborar con otros padres: La comunicación entre padres es clave para prevenir el bullying en toda la comunidad. Si observas un comportamiento problemático en un grupo de niños, hablar con otros padres o con la escuela puede ser útil para abordar el problema a tiempo.

La importancia de preguntar constantemente a nuestros hijos cómo están

El bienestar emocional de los niños depende en gran medida de la conexión que tienen con sus padres. Una de las maneras más efectivas de fortalecer este vínculo es preguntándoles regularmente cómo se sienten. Estas preguntas no solo ayudan a los niños a expresar sus emociones, sino que también les muestran que su bienestar es una prioridad para sus padres.

¿Por qué es importante preguntar a los niños cómo están?

Los niños, al igual que los adultos, enfrentan desafíos emocionales y sociales a diario. Sin embargo, a menudo no saben cómo expresar sus sentimientos o pueden sentirse inseguros al hacerlo. Al hacer preguntas abiertas y genuinas sobre su bienestar, los padres crean un ambiente seguro en el que los niños pueden hablar sin miedo ni juicio.

Beneficios de preguntar con frecuencia a nuestros hijos

  1. Fortalece la comunicación familiar: Cuando los niños sienten que sus padres se interesan por sus emociones, es más probable que compartan sus pensamientos y preocupaciones.
  2. Desarrolla la inteligencia emocional: Hablar sobre emociones ayuda a los niños a identificarlas, comprenderlas y manejarlas de manera saludable.
  3. Previene problemas emocionales y de salud mental: La comunicación constante puede ayudar a detectar señales tempranas de ansiedad, estrés o tristeza y permitir que los padres brinden apoyo a tiempo.
  4. Fomenta la confianza y seguridad: Saber que sus padres los escuchan y validan sus sentimientos les da la seguridad de que siempre contarán con su apoyo.
  5. Ayuda a resolver conflictos: Al conversar regularmente sobre sus experiencias, los niños pueden encontrar soluciones a los problemas que enfrentan en la escuela, con amigos o en casa.

¿Cómo preguntar a nuestros hijos de manera efectiva?

  • Haz preguntas abiertas: En lugar de preguntar “¿Tuviste un buen día?”, intenta “¿Qué fue lo mejor de tu día hoy?” para fomentar respuestas más detalladas.
  • Escucha con atención y sin juzgar: Dale importancia a lo que dicen, mostrando empatía y evitando minimizar sus sentimientos.
  • Crea momentos de conversación natural: Aprovecha la hora de la comida, el camino a la escuela o antes de dormir para preguntarles cómo se sienten.
  • Sé paciente y constante: Si al principio no responden con detalle, sigue preguntando regularmente para que se acostumbren a compartir sus emociones.
  • Valida sus sentimientos: Frases como “Entiendo que eso te haga sentir triste” o “Es normal sentirse así” les enseñan que sus emociones son válidas.