¿Qué hace un Principito en la cabeza de un niño?

El Principito no es solo ese libro que los adultos compran para decorar la biblioteca o para sentirse poéticos en Instagram. No. Para los niños, este pequeño viajero rubio es mucho más que una ilustración tierna en la portada. Es un símbolo, una invitación, una brújula. A veces, sin saberlo, los niños se encuentran con él justo cuando empiezan a preguntarse qué sentido tiene todo esto de crecer, de obedecer, de hacer tareas que no entienden y de vivir entre adultos que se preocupan más por contar estrellas que por mirarlas.

Cuando un niño se topa con El Principito, algo en su cabeza hace clic. Desde el primer dibujo del “sombrero” que en realidad es una boa digestiva con un elefante dentro, ya se marcan dos equipos: el de los adultos que no entienden nada y el de los niños que sí. Y eso, aunque parezca pequeño, es poderoso. Porque les dice, sin decirlo, que su forma de ver el mundo es válida, que la imaginación no es una tontería sino una manera legítima de comprender lo invisible.

A lo largo del viaje del Principito por diferentes planetas, los niños se van encontrando con personajes extraños, pero curiosamente familiares. Un rey que quiere mandar sin nadie a quien mandar. Un vanidoso que solo quiere aplausos. Un bebedor que bebe para olvidar que bebe. Un hombre de negocios que cuenta estrellas pero no sabe por qué. Un farolero que enciende y apaga sin descanso. Y un geógrafo que todo lo anota, pero nada conoce. A través de estos personajes, sin sermones ni moralejas subrayadas, los niños intuyen cosas. Que hay adultos que viven por vivir. Que a veces las rutinas no tienen sentido. Que algunas personas se preocupan por poseer cosas que no entienden. Y que crecer, si no se hace con conciencia, puede volverse un lío de ocupaciones sin corazón.

Pero de todos los encuentros del Principito, hay uno que brilla con luz propia: el zorro. Ese zorro que pide ser domesticado y enseña la frase más repetida (y más sentida): “Lo esencial es invisible a los ojos”. Aquí los niños aprenden algo que intuyen desde siempre, pero que rara vez se les dice tan bonito: que los vínculos se construyen, que las relaciones no son automáticas, que alguien se vuelve especial porque tú lo haces especial. En un mundo donde a veces la amistad se mide en likes, el zorro aparece como un sabio que les recuerda que tener un amigo es un acto de paciencia, cuidado y presencia.

Y si el zorro es el maestro, la flor es la prueba. La rosa del Principito es delicada, exigente, un poquito mandona… pero única. Los niños entienden rápidamente que el amor no siempre es fácil. Que cuidar de alguien implica estar, regar, proteger, aunque a veces pique un poco. Esa flor representa la responsabilidad afectiva, así de poético y así de concreto. Porque en la infancia también se ama, también se pierde, también se cuida. No hace falta ser adulto para que el corazón duela y se ensanche a la vez.

El final del libro, como ya sabemos, no tiene un cierre de cuento tradicional. Hay una despedida, una tristeza suave pero profunda, una estrella que ríe desde el cielo. Y aunque algunos adultos quieran evitar hablar de eso, los niños lo entienden. Ellos también pierden, también se separan, también extrañan. Y El Principito les ofrece una forma amable de transitar esos sentimientos. Les dice que lo que uno ama no desaparece del todo. Que, si uno mira bien, puede encontrar a sus personas queridas en el brillo de una estrella, en un recuerdo, en una risa.

Entonces, ¿qué hace un Principito en la cabeza de un niño? Les da permiso para imaginar, para sentir, para cuestionar y para amar. Les ofrece personajes que no juzgan, metáforas que acompañan y frases que se quedan flotando como constelaciones. Y aunque quizás olviden los nombres de los planetas, el dibujo del elefante dentro de la boa se les queda para siempre. Porque en el fondo, El Principito les susurra al oído algo que ojalá nunca olviden: que su forma de mirar el mundo es hermosa, valiente y profundamente necesaria. Y que lo esencial —eso que de verdad importa— no tiene etiquetas, ni calificaciones, ni horario de clase. Está en lo invisible, justo donde ellos ya sabían mirar.

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