Superpoderes, coronas y realidades: cómo hablar con los niños sobre los ideales de las películas

Los niños creen que pueden volar. O lanzar telarañas. O cantar tan fuerte que un príncipe aparezca montado en un caballo blanco con un vestido de su talla exacta (milagro logístico, si lo pensamos bien). Y aunque como adultos lo veamos con ternura, la verdad es que muchas veces esas historias no se quedan en la pantalla: se cuelan en sus juegos, en sus expectativas… y también en sus frustraciones.

Las películas de superhéroes y princesas son emocionantes, sí. Tienen magia, acción, personajes entrañables y canciones que se nos quedan pegadas en el cerebro por semanas. Pero también traen mensajes, a veces muy sutiles, que influyen en cómo los niños se ven a sí mismos. Detrás del deseo de volar como Superman o congelar como Elsa, hay algo más profundo: la idea de que hay que tener algo extraordinario para valer. Que hay que destacar, ser especial, ser “el elegido”, para que el mundo te reconozca. Y cuando un niño empieza a sentir que no tiene ningún poder visible, ni una corona mágica, puede comenzar a preguntarse si es suficiente tal como es.

Lo mismo ocurre con las historias de amor. A pesar de los avances y las princesas rebeldes que ahora salvan a sus propios reinos, todavía queda un eco de aquellos cuentos donde ser amada —o amado— es el gran premio. Donde todo se resuelve cuando alguien llega y te dice que ahora sí, ahora puedes ser feliz. El famoso “vivieron felices para siempre” deja poco espacio para explicar que la vida feliz también incluye lavar los platos, discutir por tonterías y tener días grises. Muchos niños, sin saberlo, se quedan esperando a alguien que los “salve” emocionalmente, en lugar de aprender a construir relaciones desde la igualdad, el diálogo y la autonomía.

Y entonces, claro, aparece la pregunta incómoda: ¿qué hacemos con todo esto? ¿Les apagamos la tele? ¿Les decimos que los superpoderes no existen y que ningún sapo se convertirá en príncipe por más besos que reciba? La respuesta no está en romper la magia, sino en acompañarla. Los niños no necesitan que les destruyamos sus ilusiones, necesitan que les ayudemos a interpretarlas, a enriquecerlas, a expandirlas.

La clave está en entrar en sus juegos sin arruinar la fantasía, pero sí haciendo preguntas que abran ventanas. Si están disfrazados de superhéroes, en lugar de decirles que no pueden volar, podemos preguntarles qué harían si tuvieran ese poder, o cómo ayudarían a alguien que no lo tiene. Cuando vean una película donde el amor todo lo resuelve, podemos aprovechar para conversar sobre cómo son las relaciones en la vida real, sin sermones, solo con curiosidad y cariño.

También es importante reforzar que lo “ordinario” tiene muchísimo de extraordinario. Que compartir un juguete, pedir perdón, cuidar a una mascota o calmar a un amigo, también son superpoderes. De esos que no se ven en los trailers de cine, pero que salvan mundos todos los días. Porque cuando los niños aprenden que no necesitan ser mágicos para ser valiosos, están construyendo una autoestima más sólida que cualquier castillo de cuento.

Y por último, dejarlos crear. No solo consumir historias, sino inventarlas. Si quieren ser héroes, que sean sus propios héroes. Que creen sus reinos, sus finales, sus caminos. Los niños tienen mundos internos gigantes, y a veces solo necesitan que alguien les diga: “¿Y si tú escribes tu propia historia?”

Al final, no se trata de alejarlos del cine ni de los cuentos. Se trata de acompañarlos a ver más allá del brillo, sin apagarlo. De caminar con ellos entre capas y coronas, recordándoles que lo verdaderamente mágico no está en lo que pueden hacer, sino en todo lo que ya son.

¿Y si ser rey no es lo importante, sino recordar quién eres?

El Rey León no es solo una película con canciones épicas, babuinos sabios y hienas con risa rara. Es, quizás, uno de los relatos más profundos sobre el crecimiento emocional de un niño, disfrazado de historia animal. Simba no solo pierde a su papá; pierde también la brújula que lo guiaba. Se pierde a sí mismo. Y eso, aunque no vivamos en la sabana africana, es algo que muchos niños —y adultos— pueden entender con el corazón.

Todo empieza con una escena que promete grandeza: el cachorro que será rey. Todos celebran. Hay luz, orgullo, sentido de propósito. Simba es el futuro. Pero ese futuro se tambalea muy pronto, y con él, toda su idea de quién es. Porque crecer no es solo recibir amor; también es enfrentar pérdidas. Y cuando Simba pierde a Mufasa, no solo pierde a su padre, pierde su guía emocional, su estructura, su voz de calma.

Pero lo más duro no es solo la pérdida. Es la culpa.

Simba, como muchos niños, se cree responsable de lo que no controla. Y eso, emocionalmente, es devastador. ¿Cuántas veces un niño cree que su enojo causó una pelea en casa? ¿Que por portarse mal ocurrió algo triste? Simba no puede entender aún que los adultos, a veces, también fallan. Y que no todo lo que pasa es su culpa. Pero en su mente, sí lo es. Así que huye.

Y ahí empieza otra parte fundamental del crecimiento: el escape. Simba se va al exilio, y se encuentra con dos amigos geniales (¡gracias, Timón y Pumba!) que le enseñan algo importantísimo: puedes volver a reír, incluso después de haber llorado. Hakuna Matata no es solo una canción; es un respiro. Es esa etapa donde uno intenta olvidar, dejar atrás, vivir en modo “nada me afecta”. Y sí, a veces los niños también hacen eso: se desconectan, se refugian en el juego, se hacen los duros. Pero debajo de todo eso, el dolor sigue ahí, agazapado como una sombra con cicatriz.

Porque sí: Scar representa todo eso que acecha cuando no enfrentamos nuestras emociones. La mentira. El miedo. El autoengaño. Ese “no soy suficiente” que puede hacernos vivir lejos de quienes somos de verdad.

Pero entonces llega Rafiki.

Y Rafiki no viene con soluciones, sino con sabiduría loca. Como esos adultos que parecen estar un poco chiflados pero sueltan verdades como flechas. Rafiki le recuerda a Simba algo que cambia todo: “Recuerda quién eres”. Y ese momento es clave, porque en el mundo emocional de un niño, recordar quién eres es recuperar tu lugar, tu valor, tu voz. Es volver a tu historia, no para quedarte atrapado, sino para poder avanzar con sentido.

Simba regresa. Pero no como el cachorro que huyó. Vuelve como alguien que ha amado, perdido, reído, dudado, y elegido. Porque crecer es eso: elegir regresar al dolor para transformarlo. Volver al lugar del trauma con más fuerza. Reconectar con tu origen sin quedarte atrapado en él.

Y en ese regreso hay justicia, sí. Pero también hay reconciliación. Con su madre. Con su historia. Con el niño-león que fue.

Entonces, ¿qué representa El Rey León para un niño?

Representa el duelo. El miedo. La culpa. Pero también la resiliencia, la amistad que cura, el humor que sana, y el poder de mirar atrás con nuevos ojos. Les dice que está bien tener miedo. Que pueden huir un rato. Que el juego también es sanación. Pero que, en algún momento, todos escuchamos una voz interna que nos dice: ya es hora de volver.

Y que en ese regreso —aunque sea difícil— también puede estar la libertad.

Porque al final, no se trata de ser rey. Se trata de ser tú mismo, con cicatrices, con historia, con memoria, pero con el corazón firme para rugir otra vez.

¿Qué quiere una sirena que lo tiene todo?

La Sirenita es una historia que, con burbujas, canciones pegajosas y cabellos perfectamente ondulados, esconde algo mucho más profundo: el deseo de pertenecer, de descubrir el mundo por uno mismo, de amar con intensidad… y de aprender, a veces con dolor, que no todo lo que deseamos nos hace bien.

Ariel, nuestra sirena rebelde favorita, vive bajo el mar en un palacio de coral donde tiene literalmente todo: hermanas con buena voz, peinados que no se despeinan nunca, un papá con tridente y un cangrejo que la sigue como mamá en centro comercial. Y aún así, no es feliz. No porque sea malagradecida, sino porque algo dentro de ella la empuja a mirar más allá. A preguntarse qué hay fuera del agua, a soñar con caminar, a imaginar otros mundos.

Y eso —aunque no tenga escamas— le pasa a muchos niños.

La infancia está llena de ese impulso de ir más allá. Los niños se preguntan cosas que a los adultos ya no se les ocurren. Quieren explorar, romper normas, subirse a lo prohibido, probar lo desconocido. Como Ariel, tienen una especie de brújula emocional interna que no siempre apunta hacia lo seguro, pero sí hacia lo significativo.

La colección de «cosas humanas» de Ariel no es solo divertida; es un símbolo potente de ese deseo de comprender un mundo al que todavía no se pertenece. Sus tenedores peines, sus candelabros misteriosos, sus tesoros oxidados: son pedacitos de un universo que intenta entender. Igual que los niños cuando hacen preguntas incómodas, desarman juguetes para ver qué hay dentro o dibujan lo que sienten antes de saber explicarlo.

Pero La Sirenita también habla del riesgo de ese deseo. Porque Ariel no solo quiere conocer el mundo de los humanos: quiere pertenecer a él. Y en el proceso, está dispuesta a cambiar su voz. A dejar atrás a su familia. A caminar con dolor. Y aquí viene la parte compleja: ¿cuántas veces los niños creen que para ser aceptados tienen que dejar de ser quienes son?

Ese pacto con Úrsula —la bruja del mar que le promete piernas a cambio de su voz— no es solo magia: es una metáfora poderosa sobre identidad. Sobre lo que se pierde cuando uno trata de encajar a toda costa. Ariel no habla, no canta, no se comunica. Y en esa falta de voz, muchos niños pueden verse reflejados cuando sienten que no los escuchan, que deben callarse para agradar, que sus emociones no tienen espacio.

Y sí, al final hay un “felices para siempre”, pero en el cuento original de Andersen (el más oscuro y filosófico), Ariel no se queda con el príncipe. No recupera su voz ni su lugar. Se convierte en espuma de mar, símbolo de su entrega absoluta. Porque el cuento —en su versión más cruda— también trata del amor no correspondido, de los sacrificios que no siempre reciben recompensa, y de la nobleza de amar sin garantía de devolución.

Entonces, ¿qué representa La Sirenita en la mente de un niño?

Representa la tensión entre lo que soy y lo que deseo ser. Entre el mundo que conozco y el que me imagino. Es la historia de una niña que, con fuerza, valentía y un poco de terquedad, decide perseguir su sueño. Pero también es una advertencia suave (o no tanto) sobre el valor de la identidad. Sobre la importancia de tener voz. De no cambiarse por completo para ser amado. De no renunciar a uno mismo para estar en otro lugar.

Porque crecer es aprender a caminar, sí, pero no con dolor constante. Es aprender a amar, pero sin dejar de escucharse. Y es entender que, a veces, lo más importante que tenemos no son las piernas, ni los castillos, ni los príncipes… sino esa voz propia que nos conecta con quienes realmente somos.

Así que si un niño se enamora de La Sirenita, escúchalo. Pregúntale qué parte del cuento lo emocionó. Y recuérdale que su voz, incluso cuando tiembla, incluso cuando canta raro, siempre vale más que cualquier cosa que pueda conseguir a cambio.