Wall-E: El robot que nos recordó cómo ser humanos

Hay películas que entretienen, otras que conmueven, y unas pocas que, sin decir casi una palabra, te enseñan lo esencial. Wall-E es una de esas. Un pequeño robot oxidado, solitario, curioso… con más humanidad que muchos humanos. En un planeta vacío, cubierto de basura, donde la civilización decidió irse porque era más fácil escapar que reparar, Wall-E sigue haciendo su trabajo. Día tras día, en silencio, recoge, acomoda, limpia. Y mientras tanto, colecciona cosas. Cosas que otros tiraron. Cosas que nadie valoró. Como quien guarda pedazos de esperanza sin saberlo.

Cuando los niños ven Wall-E, no solo están viendo a un robot adorable que se enamora de una sonda espacial moderna. Están viendo el poder de la constancia, de la ternura, de la curiosidad. Ven lo que pasa cuando alguien, en lugar de rendirse, decide cuidar. Y cuidar sin que nadie lo vea, sin que nadie lo premie, sin aplausos ni seguidores. Solo porque sí. Porque es lo correcto.

Desde la psicología infantil, Wall-E toca fibras profundas del desarrollo emocional. Wall-E vive en un entorno desolado y silencioso, y sin embargo mantiene un profundo mundo interno. Esto refleja, en muchos niños, esa capacidad para generar vínculos afectivos incluso en entornos fríos o desconectados. Wall-E representa la resiliencia emocional, esa habilidad de sostener la esperanza y la conexión aún en el aislamiento.

Además, este pequeño robot se fascina con objetos insignificantes: un tenedor, una bombilla, un cubo de Rubik. No es casual. En la infancia, el juego simbólico es una de las formas más importantes de expresión emocional. Cuando los niños “adoptan” piedras, dibujan caras en frutas, construyen historias con tapitas de botellas, están haciendo lo que hace Wall-E: darle vida a lo inanimado para llenar de sentido su mundo.

Cuando aparece Eva, Wall-E se transforma. Se activa algo similar a lo que ocurre en la infancia cuando un niño experimenta un vínculo afectivo seguro: busca el contacto, desea cuidar, siente ansiedad por separación, y se expone emocionalmente. Se muestra vulnerable, confundido, emocionado. No hay palabras, pero hay gestos que dicen todo. La película, sin hablar de teoría del apego, la ilustra con una claridad brutal.

Y mientras tanto, los humanos flotan en naves, completamente desconectados de su cuerpo, de su entorno, de los otros. Niños y adultos pueden identificar aquí una crítica clara: el exceso de estímulos, el reemplazo del movimiento físico por lo digital, la pérdida de vínculos humanos auténticos. Wall-E, sin ser humano, camina, toca, siente, baila, escucha. Y al hacerlo, les recuerda a todos —a los personajes y a los espectadores— lo que se siente estar vivo.

Wall-E también habla de ecología, sí. Pero sobre todo habla de memoria afectiva. De la importancia de preservar lo pequeño. Enseña a los niños que no todo lo que es viejo debe desecharse. Que lo roto puede tener valor. Que cuidar el mundo empieza por cuidar lo que tienes en frente: una planta, un juguete, un recuerdo, una amistad.

A veces los actos más heroicos no hacen ruido. Se parecen más a recoger lo que otros tiraron, a plantar algo donde no crece nada, a quedarse cuando todos se fueron. Si tienes un hijo silencioso, detallista, que se fascina por objetos extraños, que cuida lo que otros ignoran… tal vez tienes en casa a un pequeño Wall-E. Enséñale que eso también es amor. Que cuidar lo invisible es un súper poder. Y que, con suerte, un día ese gesto simple —una planta, una mirada, un “hola” tímido— puede salvarlo todo.

Ratatouille: la cocina como escenario del yo

“Cualquiera puede cocinar”. Así comienza y termina Ratatouille, pero no es realmente una película sobre comida. Es una película sobre posibilidad. Sobre romper moldes. Sobre lo que pasa cuando dejas que tu deseo sea más fuerte que tu destino. Y sí: también es una película sobre ratas. Pero, sobre todo, sobre sueños que se abren paso, incluso entre las grietas de un sistema que te dice que no.

Remy es un ratón, un marginado incluso dentro de su propia colonia por tener un paladar más fino y una mirada distinta del mundo. Desde la psicología del desarrollo, podríamos entender a Remy como un sujeto en búsqueda de individuación, ese proceso descrito por Carl Jung en el que el yo se diferencia del colectivo para afirmarse como una identidad autónoma y creativa.

Remy no quiere comer basura. Quiere crear. Quiere sentir. No basta con sobrevivir. Él quiere vivir, y vivir implica elegir. Esto lo pone en constante tensión con su entorno, que representa la seguridad, la tradición, el “así son las cosas”. En cambio, Remy elige el camino del arte. Porque sí: cocinar, aquí, es arte. Es sensibilidad. Es expresión.

En Ratatouille se representa también la figura del “yo ideal” (Rogers), ese modelo interno que orienta nuestras acciones hacia lo que quisiéramos ser. Para Remy, ese ideal es Gusteau, el chef muerto convertido en conciencia interior. Una voz que lo acompaña, que le recuerda que es posible. Que sueñe. Que no se rinda. Que aún siendo rata, puede aspirar a la excelencia.

El vínculo con Linguini, ese humano torpe que no sabe ni freír un huevo, funciona como una metáfora de la sinergia entre lo instintivo y lo estructurado, entre la pasión y la forma. Juntos cocinan no porque sean perfectos, sino porque aprenden a confiar. Desde una perspectiva vygotskiana, podríamos decir que Linguini es el mediador cultural que permite a Remy transitar del pensamiento interno al lenguaje social. Y viceversa.

La cocina, rígida, jerárquica y hostil, representa el mundo adulto: ese espacio donde la creatividad suele ser reprimida por el miedo al error. Pero Remy se abre paso con sabor. Su ratatouille final —ese plato humilde, campesino, sin pretensiones— es el golpe maestro: porque emociona, porque conecta, porque dice “esto soy yo”.

Y aquí aparece uno de los momentos más bellos desde la psicología emocional: la escena en la que Anton Ego, el crítico temido, prueba el plato y vuelve emocionalmente a su infancia. Esa conexión súbita con una memoria temprana, evocada por el sabor, es un ejemplo claro del fenómeno de la memoria episódica y el poder sensorial como activador de recuerdos afectivos. Un estímulo que, como diría Proust, devuelve el tiempo perdido. Ego, que representa la razón fría, termina rindiéndose ante la autenticidad emocional.

Y por supuesto, cuando se revela que quien cocina es una rata, todo se derrumba. El sistema no acepta lo distinto. El talento, si viene de un lugar inesperado, se desecha. Pero la película insiste: el valor no depende del envoltorio. Depende de la entrega, la intención, la pasión.

Y así, Ratatouille se convierte en una lección vital para chicos y grandes. Nos dice: no importa de dónde vengas. Importa lo que llevas dentro. Importa lo que haces con eso. Porque cualquiera puede cocinar. Cualquiera puede crear. Pero solo los que se atreven a ser fieles a sí mismos… logran emocionar.

Luca: Growing up is learning to swim between two worlds

On the surface, Luca is a story about sea monsters who want to be children. But underwater, deep down, it’s a film about growing up. About the fear of the unknown, the need to belong, and that blurry stage where you still don’t know who you are, but you sense there’s something different about you.

Luca lives in a world where he’s been told that the surface is dangerous, that humans are monsters, and that «it’s better to stay where you are, safe and quiet.» His journey begins the day he dares to look up. What he finds there isn’t just sunshine and money. He finds freedom, but also an internal conflict: can he be who he is without being rejected?

From a psychological perspective, Luca can be read as a metaphor for the development of identity, that process that Erik Erikson places in adolescence as a crisis between «identity vs. role confusion.» Luca wants to explore who he is outside the family mold, but doing so means breaking the rules, disappointing his parents, and daring to live with uncertainty.

The figure of Alberto, his wild and brave friend, functions as a kind of zone of proximal development (Vygotsky would be happy): an other who pushes him beyond his fears, who challenges him to try and make mistakes, who invites him to imagine a version of himself he didn’t even know he was capable of. Together they dream of owning a Vespa and traveling the world. But beyond the scooter, what they desire is autonomy. To be able to decide their own path, even if they fall.

The film also presents the phenomenon of passing, that need to hide your true identity to fit into an environment that doesn’t accept you as you are. Luca and Alberto must hide the fact that they are sea monsters because the town would hunt them down. How many children and adolescents experience this firsthand? Kids who hide their sexual orientation, their neurodivergence, their tastes, or their sensibilities to avoid rejection.

But Luca isn’t a tragic story. It’s a story of discovery. It’s a celebration of difference, of the friendship that saves, and of adult figures who learn to let go. Because yes, his parents follow him, they look for him, but they also let him go. And that’s growing up: separating without breaking love.

There’s also a beautiful metaphor about rivalry and stereotypes. The town hates monsters because it doesn’t know them. But when it sees them as children, as people, as equals… it opens up. The film reminds us that prejudice is born from fear and is healed with closeness. That no one truly hates something they’ve looked at with tenderness.

And like all good movies for children (and adults), Luca has a «cookie crisis,» only here it’s with ice cream. When Alberto reveals himself as he is and Luca denies it, the conflict explodes. How many times do we betray those who understand us most, just to fit in? But we also learn: that true friends forgive. That growing up is also learning to repair.

Luca is, at its core, a story about what happens when you dare to surface. Not to leave behind who you are, but to discover what you can be. Because in the end, as Giulia says: “Some will never accept who you are. But others will. And those are the ones that matter.”

Luca: crecer es aprender a nadar entre dos mundos

En la superficie, Luca es una historia sobre monstruos marinos que quieren ser niños. Pero bajo el agua, muy al fondo, es una película sobre crecer. Sobre el miedo a lo desconocido, la necesidad de pertenecer y esa etapa borrosa en la que todavía no sabes quién eres, pero intuyes que hay algo distinto en ti.

Luca vive en un mundo donde le han dicho que la superficie es peligrosa, que los humanos son monstruos y que “es mejor quedarse donde estás, seguro y silencioso”. Su viaje empieza el día que se atreve a mirar hacia arriba. Lo que encuentra allá no es solo sol y pasta. Encuentra libertad, pero también un conflicto interno: ¿puede ser quien es sin que lo rechacen?

Desde la psicología, Luca se puede leer como una metáfora del desarrollo de la identidad, ese proceso que Erik Erikson ubica en la adolescencia como una crisis entre “identidad vs confusión de roles”. Luca quiere explorar quién es fuera del molde familiar, pero hacerlo implica romper las reglas, decepcionar a sus padres y atreverse a convivir con la incertidumbre.

La figura de Alberto, su amigo salvaje y valiente, funciona como una especie de zona de desarrollo próximo (Vygotsky estaría feliz): un otro que lo impulsa más allá de sus miedos, que lo desafía a probar y equivocarse, que lo invita a imaginar una versión de sí mismo que ni él conocía. Juntos sueñan con tener una Vespa y recorrer el mundo. Pero más allá del scooter, lo que desean es autonomía. Poder decidir su camino, aunque se caigan.

En la película, también se manifiesta el fenómeno del passing, esa necesidad de ocultar tu verdadera identidad para encajar en un entorno que no te acepta tal como eres. Luca y Alberto deben esconder que son monstruos marinos, porque el pueblo los cazaría. ¿Cuántos niños y adolescentes viven esto en carne propia? Chicos que ocultan su orientación sexual, su neurodivergencia, sus gustos o sensibilidades para evitar el rechazo.

Pero Luca no es una historia trágica. Es una historia de descubrimiento. Es una celebración de la diferencia, de la amistad que salva y de las figuras adultas que aprenden a soltar. Porque sí, sus padres lo siguen, lo buscan, pero también lo dejan partir. Y eso es crecer: separarse sin romper el amor.

También hay una hermosa metáfora sobre la rivalidad y los estereotipos. El pueblo odia a los monstruos porque no los conoce. Pero cuando los ve como niños, como personas, como iguales… se abre. La película nos recuerda que el prejuicio nace del miedo y se cura con cercanía. Que nadie odia de verdad algo que ha mirado con ternura.

Y como todas las buenas películas para niños (y grandes), Luca tiene una crisis. Cuando Alberto se muestra tal como es y Luca lo niega, el conflicto explota. ¿Cuántas veces traicionamos a quienes más nos entienden, solo por encajar? Pero también aprendemos: que los amigos verdaderos perdonan. Que crecer también es aprender a reparar.

Luca es, en esencia, una historia sobre lo que pasa cuando te animas a salir a la superficie. No para dejar atrás lo que eres, sino para descubrir cuánto puedes ser. Porque al final, como dice Giulia: “Algunos nunca aceptarán lo que eres. Pero otros sí. Y esos son los que importan.”

Soul: cuando la vida no necesita propósito, sino presencia

Hay películas que uno ve con los ojos, pero se quedan viviendo en el pecho. Soul es una de esas. Nos habla del sentido de la vida, del miedo a no cumplir una “misión”, del vértigo que da pensar que venimos al mundo a algo… y que aún no lo hemos hecho. ¿Y si resulta que la vida no era un destino, sino un paseo?

Joe Gardner, el protagonista, es un músico de jazz frustrado que, como tantos adultos (y muchos adolescentes también), ha internalizado la idea de que su vida solo tiene valor si logra cumplir su “propósito”. En otras palabras, cree que su identidad se define por su vocación. Esta es una noción muy extendida en nuestra cultura y que la psicología —desde Viktor Frankl hasta Erikson— ha problematizado: ¿qué pasa cuando nuestra identidad está atada a una sola función? ¿Y si no la cumplimos? ¿Y si sí… pero no sentimos nada?

Joe vive en el estadio que Erikson llamó generatividad vs estancamiento, típico de la adultez media: una lucha interna entre dejar huella en el mundo o sentir que uno solo sobrevive. Joe quiere trascender, pero en esa búsqueda se olvida de vivir. La película lo enfrenta, literalmente, con la muerte para obligarlo a ver su vida desde afuera.

Y aquí aparece el alma 22. Un ser que no quiere nacer, que no le ve sentido a la existencia humana. Y, aunque parezca raro, representa a muchos niños y adolescentes que no encajan, que no se sienten “apasionados por nada”, que temen vivir porque sienten que no tienen “chispa”. Pero la película da un giro brillante: esa chispa no es un propósito, sino la disposición a vivir. No hay que nacer sabiendo para qué vinimos. Basta con querer intentarlo.

Desde la teoría de Lev Vygotsky, podríamos decir que 22 necesita un andamiaje emocional para animarse a vivir. Joe, sin saberlo, le brinda ese acompañamiento: le permite explorar, sentir, probar el mundo con curiosidad. Al principio, 22 se niega a bajar a la Tierra porque cree que no tiene lo necesario. Pero, en realidad, el problema no es ella: es el sistema que la ha hecho creer que tiene que brillar desde el primer día.

Uno de los momentos más hermosos es cuando Joe, después de lograr “su gran sueño” (tocar con Dorothea Williams), se da cuenta de que no se siente distinto. Que ese momento que esperaba con ansias no cambió su alma. Solo fue… un momento. Y es ahí donde Soul nos da su lección más fuerte: no se trata de una gran realización, sino de una suma de pequeñas vivencias. No es la noche del concierto, es el rayo de sol en la cara, la hoja que cae, el sabor de una pizza, la risa compartida.

La película también toca, aunque de forma sutil, el síndrome del impostor, el miedo al fracaso y la ansiedad por el futuro: fenómenos muy comunes en los jóvenes hoy. Joe teme no ser lo suficientemente bueno. 22 teme ser “demasiado nada”. Y en medio de eso, ambos descubren que lo importante no es ser excepcional, sino estar presente.

Soul es, en el fondo, una película sobre el aquí y el ahora. Nos recuerda que vivir no es lograr, sino sentir. Que el sentido no se encuentra en una meta lejana, sino en la conciencia plena del momento. Como diría Jon Kabat-Zinn desde el mindfulness: “Mientras estás vivo, hay más cosas que están bien que mal contigo”.

Cars: When braking is moving forward

At first, Cars seems like a movie about cars, racing, and speed. But if you stop and look closely (like Lightning McQueen himself), you discover that it’s actually a story about ego, belonging, humility, and that stage of childhood (or adulthood) where we learn that it’s not all about finishing first, but rather knowing who to go with and how to get there.

Lightning McQueen represents that child—or young adult—who has grown up believing their value lies in performance. He’s the boy with the medals, the «first in everything,» the one who has learned that if he doesn’t shine, he doesn’t exist. In psychology, this is known as performance-based self-esteem: a fragile form of self-love that depends on achievements and external validation. As long as everything goes well, it works… but all it takes is one flat tire (or an unexpected detour) for everything to come crashing down.

When McQueen gets lost and ends up in Radiator Springs, his true journey begins: the emotional one. Far from the tracks, the flashes, and the applause, he begins to encounter silence, slowness… and real people. From the perspective of developmental psychology, this change of scenery represents what Erik Erikson would call a psychosocial crisis: a moment of breakdown in which the identity he had no longer serves him, and he needs to build a new one. No longer «I’m the fastest,» but «Who am I when no one sees me race?»

Radiator Springs is also a symbol of a «safe space.» A town forgotten by modern highways, where there’s no rush and everyone knows everyone else. It’s the equivalent of a small, warm, and supportive community, ideal for a child’s emotional development. There, McQueen not only learns to do community service and make amends for his mistakes, but also begins to experience emotional regulation—like when he can’t just keep thinking about the Piston Cup because now he also cares about his new friends.

Characters like Mater (the hilarious tractor) and Sally (the town lawyer) fulfill fundamental psychological functions. Mater represents unconditional acceptance: he loves him as he is, even when he doesn’t know how to properly manage his emotions. Sally is the calm conscience that drives him to look beyond his ego. And Doc Hudson, that old retired racer, represents the wisdom of experience and unresolved grief: he reminds us that even great champions can fall… and get back up with dignity, even if it means not racing anymore.

A beautiful detail is how McQueen, in the end, makes the most countercultural decision of all: to slow down. To help another in the middle of a race. To put aside glory for an act of compassion. It’s a gesture that, based on Kohlberg’s theory of moral development, indicates a transition to higher levels of ethics: he no longer acts out of punishment or reward, but out of empathy and justice.

Cars teaches us, then, that growing up also means learning to slow down. That not every child needs to be the best, but rather to feel valuable for who they are, not for what they achieve. And that often, in a society that rewards speed, the true act of courage is to ease off the gas and look around. Sometimes the slowest path is the one that takes us the furthest.

Cars: cuando frenar es avanzar

Al principio, Cars parece una película sobre autos, carreras y velocidad. Pero si uno se detiene (como el mismo Rayo McQueen), descubre que en realidad es una historia sobre ego, pertenencia, humildad y esa etapa de la infancia (o la vida adulta) donde aprendemos que no todo es llegar de primeros, sino saber con quién y cómo se llega.

Rayo McQueen representa ese niño —o adulto joven— que ha crecido creyendo que su valor está en el rendimiento. Es el chico de las medallas, el “primero en todo”, el que ha aprendido que si no brilla, no existe. En psicología, esto se conoce como autoestima basada en el desempeño: una forma frágil de amor propio, que depende de logros y validaciones externas. Mientras todo va bien, funciona… pero basta con una llanta pinchada (o un desvío inesperado) para que todo se derrumbe.

Cuando McQueen se pierde y termina en Radiator Springs, comienza su verdadero viaje: el emocional. Lejos de las pistas, los flashes y los aplausos, empieza a encontrarse con el silencio, la lentitud… y la gente real. Desde la psicología del desarrollo, este cambio de escenario representa lo que Erik Erikson llamaría una crisis psicosocial: un momento de quiebre en el que la identidad que tenía ya no le sirve, y necesita construir una nueva. No más «yo soy el más rápido», sino «¿quién soy cuando nadie me ve correr?».

Radiator Springs es también un símbolo del “espacio seguro”. Un pueblo olvidado por las autopistas modernas, donde no hay prisa y todos se conocen. Es el equivalente a una comunidad pequeña, cálida y contenedora, ideal para el desarrollo emocional de un niño. Ahí, McQueen no solo aprende a hacer tareas comunitarias y reparar sus errores, también empieza a experimentar la regulación emocional —como cuando no puede seguir solo pensando en la copa Piston, porque ahora también le importan sus nuevos amigos.

Personajes como Mate (el tractor graciosísimo) o Sally (la abogada del pueblo) cumplen funciones psicológicas fundamentales. Mate representa la aceptación incondicional: lo quiere como es, incluso cuando no sabe remolcar bien sus emociones. Sally es la conciencia tranquila que lo impulsa a mirar más allá del ego. Y Doc Hudson, ese viejo corredor retirado, representa la sabiduría de la experiencia y el duelo no resuelto: nos recuerda que incluso los grandes campeones pueden caer… y volver a levantarse con dignidad, aunque eso implique no correr más.

Un detalle hermoso es cómo McQueen, al final, toma la decisión más contracultural de todas: frenar. Ayudar a otro en plena carrera. Dejar de lado la gloria por un acto de compasión. Es un gesto que, desde la teoría del desarrollo moral de Kohlberg, indica una transición a niveles superiores de ética: ya no actúa por castigo o recompensa, sino por empatía y justicia.

Cars nos enseña, entonces, que crecer también es aprender a frenar. Que no todo niño necesita ser el mejor, sino sentirse valioso por quien es, no por lo que logra. Y que muchas veces, en una sociedad que premia la velocidad, el verdadero acto de valentía es bajarle al acelerador y mirar a los lados. A veces, el camino más lento es el que nos lleva más lejos.

Intensamente: una guía emocional para grandes y chicos con corazón y cerebro

Pocas películas logran hacer que una emoción tenga nombre, color, forma, y además un carácter entrañable. Intensamente lo logró. Nos metió literalmente dentro de la cabeza de una niña de 11 años y nos mostró que el cerebro no es solo un órgano que piensa, sino también uno que siente, recuerda, construye y se reinventa.

Desde la psicología infantil, Intensamente es un laboratorio visual que representa de manera maravillosa cómo funciona el mundo emocional en la niñez. Y es que las emociones no son solo “cosas que se sienten”, son parte esencial del desarrollo cognitivo, social y afectivo. Como decía el buen Lev Vygotsky, “la emoción no es un resultado pasivo, sino parte activa del pensamiento”. En otras palabras: lo que sentimos guía lo que aprendemos, lo que decidimos, cómo nos relacionamos y cómo crecemos.

La protagonista, Riley, atraviesa una de esas crisis clásicas que bien podrían estar en un capítulo de Piaget sobre el desarrollo afectivo-cognitivo: cambio de ciudad, nuevo colegio, pérdida de amigos, adaptación forzada. Todo eso mientras sus emociones internas —Alegría, Tristeza, Furia, Miedo y Desagrado— intentan pilotar el control central de su mente. Una imagen perfecta para explicar a nuestros hijos y a nosotros mismos cómo, a veces, nuestras emociones no están peleadas entre sí, sino que deben aprender a coexistir y colaborar.

Alegría al principio quiere tener el control absoluto, lo cual es bastante real si lo vemos desde cómo muchos adultos pretenden que los niños estén siempre felices, amables, con buena disposición y cero lágrimas. Pero Tristeza, que al comienzo parece un estorbo, termina siendo la gran heroína del relato. Y esto, desde la psicología, es ORO.

¿Por qué? Porque enseña que todas las emociones son necesarias. Incluso (y especialmente) las incómodas. Como diría Bowlby, el creador de la teoría del apego, “las emociones son señales que orientan nuestra conducta en función de la seguridad emocional”. Si un niño está triste y puede mostrar su tristeza con seguridad, entonces está en un entorno seguro. Y eso es lo que más necesita en su desarrollo.

Cuando Tristeza entra en acción, Riley puede expresar que extraña su hogar, sus amigos, su vida anterior. Y en lugar de “superarlo” o “ser fuerte” (dos frases muy adultas), puede llorar, ser contenida por sus padres y reconstruirse emocionalmente desde un lugar real, profundo y más sólido.

Vygotsky también estaría orgulloso: él hablaba de la importancia del entorno social y del acompañamiento en la construcción del pensamiento y el lenguaje. Y en Intensamente, vemos cómo el diálogo emocional —aunque esté representado dentro de la mente de Riley— es clave para que ella logre nombrar lo que le pasa, conectar lo que siente con lo que necesita, y comunicarlo con quienes ama. Justo lo que queremos que nuestros hijos aprendan: poner en palabras lo que sienten.

Ahora bien, si miramos Intensamente como herramienta para las familias, es una oportunidad mágica para hablar de emociones sin que suene a charla de manual. Verla juntos puede abrir puertas como:

  • “¿Cuál emoción sientes tú más a menudo?”
  • “¿Has sentido tristeza como Riley alguna vez?”
  • “¿Dónde crees que vive tu Alegría?”

Además, podemos observar junto a ellos cómo funcionan los recuerdos, cómo se construyen nuestras «islas de personalidad» (esas bases emocionales que nos definen) y cómo incluso los recuerdos tristes pueden tener valor. No se trata de borrar lo doloroso, sino de integrarlo.

Intensamente también invita a revisar nuestros propios discursos adultos. ¿Cuántas veces callamos el llanto de un niño porque nos incomoda? ¿Cuántas veces decimos “no estés triste” en vez de preguntar “¿qué te tiene así?”?

Aceptar la tristeza en nuestros hijos es reconocer su humanidad. Es abrir un espacio de validación, y como bien sabemos desde la psicología del desarrollo, los niños que pueden expresar y procesar sus emociones con figuras de apego confiables, crecen con mayor capacidad de autorregulación, empatía y fortaleza emocional.

Coco: cuando recordar es amar y hablar de la muerte es hablar de la vida

Hay películas que llegan al corazón, y luego está Coco, que llega al corazón, lo exprime con una canción y te devuelve una versión más blandita de ti mismo. Pero más allá del nudo en la garganta que nos deja cada vez que suena “Recuérdame”, esta historia animada es una mina de oro emocional para explorar con nuestros hijos temas que normalmente evitamos: el duelo, el legado familiar y la importancia de ser uno mismo incluso cuando eso va en contra de lo que “se espera” de ti.

Empecemos por lo más difícil: la muerte. Coco se mete en ese tema como quien se lanza al agua sin probarla antes. Y lo hace bien. Nos muestra un mundo donde los muertos no son sinónimo de miedo, sino de memoria, de amor sostenido a través del tiempo. Desde una perspectiva psicológica, esto es valiosísimo: los niños necesitan referentes seguros para hablar de la muerte, y Coco ofrece una narrativa amable, simbólica y profundamente respetuosa.

El Día de los Muertos en la película es mucho más que una tradición colorida: es un ritual de continuidad emocional. Y aquí es donde entra el concepto de duelo sano. En psicología, entendemos el duelo no como un estado a superar, sino como un proceso de transformación del vínculo. Dejamos de tener a esa persona físicamente, pero no emocionalmente. Y eso es lo que Coco enseña con una dulzura que derrite. “Mientras me recuerdes, estaré contigo” es, ni más ni menos, una definición perfecta del amor que trasciende.

Ahora hablemos de Miguel, el protagonista. Un niño con un deseo profundo de ser él mismo, de encontrar su voz, de tocar la guitarra aunque eso rompa con años de historia familiar de rechazo a la música. Miguel representa la búsqueda de identidad, algo esencial en el desarrollo infantil. Desde pequeños, los niños necesitan espacios para explorar lo que les gusta, lo que les apasiona, lo que los hace únicos. Y muchas veces, esto choca con mandatos familiares o culturales que no han sido cuestionados.

La familia Rivera, en su afán por proteger y mantener su estructura, borra una parte importante de su historia: la figura de Héctor, el músico real, el papá desaparecido, el que fue expulsado del relato familiar. Esta negación es clave: en psicología transgeneracional hablamos de los excluidos, esos miembros de la familia que fueron silenciados o “olvidados” porque su historia dolía demasiado. Y eso, irónicamente, hace que su ausencia pese aún más.

La gran enseñanza aquí es que cuando negamos partes de nuestra historia, también negamos partes de nosotros mismos. Coco muestra cómo sanar la historia familiar requiere valentía, curiosidad y compasión, incluso hacia quienes cometieron errores.

Y no podemos hablar de Coco sin hablar de la abuela Imelda y la bisabuela Coco. ¡Qué personajes! Imelda es la fuerza del linaje, la mujer que se sostuvo a punta de costura y carácter. Coco, en cambio, es la dulzura silenciosa, la portadora de la memoria más íntima. Cuando Miguel canta “Recuérdame” y ella reacciona, estamos viendo cómo la música, los recuerdos y el afecto tienen el poder de conectar incluso cuando la mente empieza a fallar. Un guiño precioso a quienes acompañan a personas mayores con enfermedades como el Alzheimer, y una excusa perfecta para hablar con nuestros hijos sobre el envejecimiento y la memoria sin que dé miedo.

Y claro, también está Dante, el perro alebrije que nos recuerda que los lazos emocionales no entienden de especie, y que incluso en el caos hay guía, amor y compañía. Porque sí, hasta el perro tiene una dimensión emocional que suma.

Esta pelicula es una invitación a abrazar nuestra historia, a recordar a los que ya no están, a cuestionar lo que nos dijeron que debíamos ser, y a cantar alto aunque a algunos les moleste el ruido. Desde la psicología, es una herramienta maravillosa para hablar con los niños de esos temas difíciles que a veces los adultos evitamos… como si no hablar los hiciera desaparecer. Spoiler: no desaparecen. Pero si los abordamos con cariño, sí se transforman.

Encanto: cuando la magia no está en los dones, sino en sanar lo que no se dice

Si hay una película reciente que se mete directo al corazón de cualquier familia —y de paso, al subconsciente de medio continente— es Encanto. Porque sí, hay mariposas, flores que brotan con un chasquido y techos que se reconstruyen solos, pero también hay silencios que gritan, expectativas que pesan más que una casa entera, y heridas emocionales que se heredan como si fueran parte del ADN.

Encanto no es un cuento de hadas. Es un retrato simbólico y profundamente emocional de cómo operan los vínculos familiares, especialmente en contextos marcados por el trauma, la migración y la necesidad de sobrevivir. La familia Madrigal no solo es mágica, es también una familia que carga con una historia no resuelta. Y desde la psicología, este es un campo de estudio cada vez más reconocido: la transmisión intergeneracional del trauma.

La abuela Alma, la matriarca que guía —o más bien, dirige— la vida de todos, es una mujer que ha vivido el horror de perderlo todo y, como muchas personas que han pasado por experiencias dolorosas, construye una identidad familiar alrededor de la supervivencia. El problema es que, cuando el dolor no se elabora emocionalmente, se transforma en control. Y es ahí donde comienza el desequilibrio emocional del sistema familiar. Porque la abuela no es «mala»: es una mujer que no ha tenido permiso de sentir, de detenerse, de llorar. Y eso se refleja en cómo educa.

Desde un enfoque sistémico, podríamos decir que cada miembro de la familia Madrigal ocupa un rol funcional dentro del sistema emocional que Alma instauró: Luisa, la fuerza; Isabela, la perfección; Bruno, el chivo expiatorio; y Mirabel, la que no encaja. Y aquí es donde la cosa se pone buena, porque Encanto permite hablar con nuestros hijos y nuestras hijas de un tema crucial: el valor no está en lo que hacemos, sino en lo que somos.

Luisa, por ejemplo, simboliza la sobrecarga emocional. Su canción “Surface Pressure” es un grito de auxilio disfrazado de ritmo pegajoso. Ella representa a todos esos niños y niñas (y adultos) que creen que si no hacen, no valen. Que si no cargan con los problemas de todos, no son importantes. Es la metáfora perfecta del niño cuidador, del que aprende desde muy pequeño que debe ser fuerte para merecer amor.

Isabela es otra joya de análisis: ella es la niña “perfecta”, la que no puede equivocarse, la que florece en línea recta. Su conflicto no es con los demás, es con el deseo ajeno que ha internalizado como propio. Y cuando por fin se libera de eso, sus plantas se vuelven salvajes, torcidas, coloridas. Se vuelve auténtica. Isabela es la metáfora de aquellos niños y niñas que aprenden a agradar en lugar de expresarse, que se reprimen para cumplir con lo que “se espera” de ellos.

Y luego está Bruno… ay, Bruno. El silenciado, el incómodo, el que ve verdades que nadie quiere mirar. En muchas familias, hay un Bruno: esa persona que señala lo que está mal, que dice lo que nadie quiere oír, y que por eso es excluida. Pero, desde un punto de vista psicológico, Bruno no es el problema. Es el síntoma. Y su desaparición representa cómo algunas familias prefieren esconder el conflicto en vez de hablarlo.

En medio de todos ellos está Mirabel, la niña sin don… o eso cree ella. Su viaje es el de tantas infancias que sienten que no brillan como deberían, que no tienen un talento especial, que no son “suficientes”. Pero Mirabel también es la esperanza: representa la posibilidad de romper el ciclo, de mirar con otros ojos, de sanar lo que ha sido negado. Desde el enfoque de la psicología humanista, Mirabel sería la agente de cambio, la que busca autenticidad, conexión y sentido.

Encanto es también una historia sobre el poder de las emociones no validadas. La familia Madrigal no se cae porque se acabe la magia. Se cae porque sus miembros dejaron de verse, de escucharse, de entenderse. Y se reconstruye cuando se permiten mirar el dolor, abrazarlo, y caminar juntos hacia algo nuevo. Este mensaje, cargado de simbolismo, puede ser una herramienta poderosa para conversar con nuestros hijos sobre las emociones difíciles, sobre lo que no se dice, sobre la importancia de hablar, pedir ayuda, o incluso llorar.

Y por si fuera poco, la película nos ofrece un modelo familiar profundamente latinoamericano: multigeneracional, ruidoso, lleno de roles muy marcados, con secretos familiares que todos saben pero nadie menciona. Encanto nos invita a revisar nuestros propios mandatos, a preguntarnos si estamos criando niños que se sienten vistos o niños que se sienten útiles. Nos invita a dejar de exigir dones y empezar a mirar corazones.