Wall-E: El robot que nos recordó cómo ser humanos

Hay películas que entretienen, otras que conmueven, y unas pocas que, sin decir casi una palabra, te enseñan lo esencial. Wall-E es una de esas. Un pequeño robot oxidado, solitario, curioso… con más humanidad que muchos humanos. En un planeta vacío, cubierto de basura, donde la civilización decidió irse porque era más fácil escapar que reparar, Wall-E sigue haciendo su trabajo. Día tras día, en silencio, recoge, acomoda, limpia. Y mientras tanto, colecciona cosas. Cosas que otros tiraron. Cosas que nadie valoró. Como quien guarda pedazos de esperanza sin saberlo.

Cuando los niños ven Wall-E, no solo están viendo a un robot adorable que se enamora de una sonda espacial moderna. Están viendo el poder de la constancia, de la ternura, de la curiosidad. Ven lo que pasa cuando alguien, en lugar de rendirse, decide cuidar. Y cuidar sin que nadie lo vea, sin que nadie lo premie, sin aplausos ni seguidores. Solo porque sí. Porque es lo correcto.

Desde la psicología infantil, Wall-E toca fibras profundas del desarrollo emocional. Wall-E vive en un entorno desolado y silencioso, y sin embargo mantiene un profundo mundo interno. Esto refleja, en muchos niños, esa capacidad para generar vínculos afectivos incluso en entornos fríos o desconectados. Wall-E representa la resiliencia emocional, esa habilidad de sostener la esperanza y la conexión aún en el aislamiento.

Además, este pequeño robot se fascina con objetos insignificantes: un tenedor, una bombilla, un cubo de Rubik. No es casual. En la infancia, el juego simbólico es una de las formas más importantes de expresión emocional. Cuando los niños “adoptan” piedras, dibujan caras en frutas, construyen historias con tapitas de botellas, están haciendo lo que hace Wall-E: darle vida a lo inanimado para llenar de sentido su mundo.

Cuando aparece Eva, Wall-E se transforma. Se activa algo similar a lo que ocurre en la infancia cuando un niño experimenta un vínculo afectivo seguro: busca el contacto, desea cuidar, siente ansiedad por separación, y se expone emocionalmente. Se muestra vulnerable, confundido, emocionado. No hay palabras, pero hay gestos que dicen todo. La película, sin hablar de teoría del apego, la ilustra con una claridad brutal.

Y mientras tanto, los humanos flotan en naves, completamente desconectados de su cuerpo, de su entorno, de los otros. Niños y adultos pueden identificar aquí una crítica clara: el exceso de estímulos, el reemplazo del movimiento físico por lo digital, la pérdida de vínculos humanos auténticos. Wall-E, sin ser humano, camina, toca, siente, baila, escucha. Y al hacerlo, les recuerda a todos —a los personajes y a los espectadores— lo que se siente estar vivo.

Wall-E también habla de ecología, sí. Pero sobre todo habla de memoria afectiva. De la importancia de preservar lo pequeño. Enseña a los niños que no todo lo que es viejo debe desecharse. Que lo roto puede tener valor. Que cuidar el mundo empieza por cuidar lo que tienes en frente: una planta, un juguete, un recuerdo, una amistad.

A veces los actos más heroicos no hacen ruido. Se parecen más a recoger lo que otros tiraron, a plantar algo donde no crece nada, a quedarse cuando todos se fueron. Si tienes un hijo silencioso, detallista, que se fascina por objetos extraños, que cuida lo que otros ignoran… tal vez tienes en casa a un pequeño Wall-E. Enséñale que eso también es amor. Que cuidar lo invisible es un súper poder. Y que, con suerte, un día ese gesto simple —una planta, una mirada, un “hola” tímido— puede salvarlo todo.

Ratatouille: la cocina como escenario del yo

“Cualquiera puede cocinar”. Así comienza y termina Ratatouille, pero no es realmente una película sobre comida. Es una película sobre posibilidad. Sobre romper moldes. Sobre lo que pasa cuando dejas que tu deseo sea más fuerte que tu destino. Y sí: también es una película sobre ratas. Pero, sobre todo, sobre sueños que se abren paso, incluso entre las grietas de un sistema que te dice que no.

Remy es un ratón, un marginado incluso dentro de su propia colonia por tener un paladar más fino y una mirada distinta del mundo. Desde la psicología del desarrollo, podríamos entender a Remy como un sujeto en búsqueda de individuación, ese proceso descrito por Carl Jung en el que el yo se diferencia del colectivo para afirmarse como una identidad autónoma y creativa.

Remy no quiere comer basura. Quiere crear. Quiere sentir. No basta con sobrevivir. Él quiere vivir, y vivir implica elegir. Esto lo pone en constante tensión con su entorno, que representa la seguridad, la tradición, el “así son las cosas”. En cambio, Remy elige el camino del arte. Porque sí: cocinar, aquí, es arte. Es sensibilidad. Es expresión.

En Ratatouille se representa también la figura del “yo ideal” (Rogers), ese modelo interno que orienta nuestras acciones hacia lo que quisiéramos ser. Para Remy, ese ideal es Gusteau, el chef muerto convertido en conciencia interior. Una voz que lo acompaña, que le recuerda que es posible. Que sueñe. Que no se rinda. Que aún siendo rata, puede aspirar a la excelencia.

El vínculo con Linguini, ese humano torpe que no sabe ni freír un huevo, funciona como una metáfora de la sinergia entre lo instintivo y lo estructurado, entre la pasión y la forma. Juntos cocinan no porque sean perfectos, sino porque aprenden a confiar. Desde una perspectiva vygotskiana, podríamos decir que Linguini es el mediador cultural que permite a Remy transitar del pensamiento interno al lenguaje social. Y viceversa.

La cocina, rígida, jerárquica y hostil, representa el mundo adulto: ese espacio donde la creatividad suele ser reprimida por el miedo al error. Pero Remy se abre paso con sabor. Su ratatouille final —ese plato humilde, campesino, sin pretensiones— es el golpe maestro: porque emociona, porque conecta, porque dice “esto soy yo”.

Y aquí aparece uno de los momentos más bellos desde la psicología emocional: la escena en la que Anton Ego, el crítico temido, prueba el plato y vuelve emocionalmente a su infancia. Esa conexión súbita con una memoria temprana, evocada por el sabor, es un ejemplo claro del fenómeno de la memoria episódica y el poder sensorial como activador de recuerdos afectivos. Un estímulo que, como diría Proust, devuelve el tiempo perdido. Ego, que representa la razón fría, termina rindiéndose ante la autenticidad emocional.

Y por supuesto, cuando se revela que quien cocina es una rata, todo se derrumba. El sistema no acepta lo distinto. El talento, si viene de un lugar inesperado, se desecha. Pero la película insiste: el valor no depende del envoltorio. Depende de la entrega, la intención, la pasión.

Y así, Ratatouille se convierte en una lección vital para chicos y grandes. Nos dice: no importa de dónde vengas. Importa lo que llevas dentro. Importa lo que haces con eso. Porque cualquiera puede cocinar. Cualquiera puede crear. Pero solo los que se atreven a ser fieles a sí mismos… logran emocionar.

Luca: Growing up is learning to swim between two worlds

On the surface, Luca is a story about sea monsters who want to be children. But underwater, deep down, it’s a film about growing up. About the fear of the unknown, the need to belong, and that blurry stage where you still don’t know who you are, but you sense there’s something different about you.

Luca lives in a world where he’s been told that the surface is dangerous, that humans are monsters, and that «it’s better to stay where you are, safe and quiet.» His journey begins the day he dares to look up. What he finds there isn’t just sunshine and money. He finds freedom, but also an internal conflict: can he be who he is without being rejected?

From a psychological perspective, Luca can be read as a metaphor for the development of identity, that process that Erik Erikson places in adolescence as a crisis between «identity vs. role confusion.» Luca wants to explore who he is outside the family mold, but doing so means breaking the rules, disappointing his parents, and daring to live with uncertainty.

The figure of Alberto, his wild and brave friend, functions as a kind of zone of proximal development (Vygotsky would be happy): an other who pushes him beyond his fears, who challenges him to try and make mistakes, who invites him to imagine a version of himself he didn’t even know he was capable of. Together they dream of owning a Vespa and traveling the world. But beyond the scooter, what they desire is autonomy. To be able to decide their own path, even if they fall.

The film also presents the phenomenon of passing, that need to hide your true identity to fit into an environment that doesn’t accept you as you are. Luca and Alberto must hide the fact that they are sea monsters because the town would hunt them down. How many children and adolescents experience this firsthand? Kids who hide their sexual orientation, their neurodivergence, their tastes, or their sensibilities to avoid rejection.

But Luca isn’t a tragic story. It’s a story of discovery. It’s a celebration of difference, of the friendship that saves, and of adult figures who learn to let go. Because yes, his parents follow him, they look for him, but they also let him go. And that’s growing up: separating without breaking love.

There’s also a beautiful metaphor about rivalry and stereotypes. The town hates monsters because it doesn’t know them. But when it sees them as children, as people, as equals… it opens up. The film reminds us that prejudice is born from fear and is healed with closeness. That no one truly hates something they’ve looked at with tenderness.

And like all good movies for children (and adults), Luca has a «cookie crisis,» only here it’s with ice cream. When Alberto reveals himself as he is and Luca denies it, the conflict explodes. How many times do we betray those who understand us most, just to fit in? But we also learn: that true friends forgive. That growing up is also learning to repair.

Luca is, at its core, a story about what happens when you dare to surface. Not to leave behind who you are, but to discover what you can be. Because in the end, as Giulia says: “Some will never accept who you are. But others will. And those are the ones that matter.”

Luca: crecer es aprender a nadar entre dos mundos

En la superficie, Luca es una historia sobre monstruos marinos que quieren ser niños. Pero bajo el agua, muy al fondo, es una película sobre crecer. Sobre el miedo a lo desconocido, la necesidad de pertenecer y esa etapa borrosa en la que todavía no sabes quién eres, pero intuyes que hay algo distinto en ti.

Luca vive en un mundo donde le han dicho que la superficie es peligrosa, que los humanos son monstruos y que “es mejor quedarse donde estás, seguro y silencioso”. Su viaje empieza el día que se atreve a mirar hacia arriba. Lo que encuentra allá no es solo sol y pasta. Encuentra libertad, pero también un conflicto interno: ¿puede ser quien es sin que lo rechacen?

Desde la psicología, Luca se puede leer como una metáfora del desarrollo de la identidad, ese proceso que Erik Erikson ubica en la adolescencia como una crisis entre “identidad vs confusión de roles”. Luca quiere explorar quién es fuera del molde familiar, pero hacerlo implica romper las reglas, decepcionar a sus padres y atreverse a convivir con la incertidumbre.

La figura de Alberto, su amigo salvaje y valiente, funciona como una especie de zona de desarrollo próximo (Vygotsky estaría feliz): un otro que lo impulsa más allá de sus miedos, que lo desafía a probar y equivocarse, que lo invita a imaginar una versión de sí mismo que ni él conocía. Juntos sueñan con tener una Vespa y recorrer el mundo. Pero más allá del scooter, lo que desean es autonomía. Poder decidir su camino, aunque se caigan.

En la película, también se manifiesta el fenómeno del passing, esa necesidad de ocultar tu verdadera identidad para encajar en un entorno que no te acepta tal como eres. Luca y Alberto deben esconder que son monstruos marinos, porque el pueblo los cazaría. ¿Cuántos niños y adolescentes viven esto en carne propia? Chicos que ocultan su orientación sexual, su neurodivergencia, sus gustos o sensibilidades para evitar el rechazo.

Pero Luca no es una historia trágica. Es una historia de descubrimiento. Es una celebración de la diferencia, de la amistad que salva y de las figuras adultas que aprenden a soltar. Porque sí, sus padres lo siguen, lo buscan, pero también lo dejan partir. Y eso es crecer: separarse sin romper el amor.

También hay una hermosa metáfora sobre la rivalidad y los estereotipos. El pueblo odia a los monstruos porque no los conoce. Pero cuando los ve como niños, como personas, como iguales… se abre. La película nos recuerda que el prejuicio nace del miedo y se cura con cercanía. Que nadie odia de verdad algo que ha mirado con ternura.

Y como todas las buenas películas para niños (y grandes), Luca tiene una crisis. Cuando Alberto se muestra tal como es y Luca lo niega, el conflicto explota. ¿Cuántas veces traicionamos a quienes más nos entienden, solo por encajar? Pero también aprendemos: que los amigos verdaderos perdonan. Que crecer también es aprender a reparar.

Luca es, en esencia, una historia sobre lo que pasa cuando te animas a salir a la superficie. No para dejar atrás lo que eres, sino para descubrir cuánto puedes ser. Porque al final, como dice Giulia: “Algunos nunca aceptarán lo que eres. Pero otros sí. Y esos son los que importan.”

Soul: cuando la vida no necesita propósito, sino presencia

Hay películas que uno ve con los ojos, pero se quedan viviendo en el pecho. Soul es una de esas. Nos habla del sentido de la vida, del miedo a no cumplir una “misión”, del vértigo que da pensar que venimos al mundo a algo… y que aún no lo hemos hecho. ¿Y si resulta que la vida no era un destino, sino un paseo?

Joe Gardner, el protagonista, es un músico de jazz frustrado que, como tantos adultos (y muchos adolescentes también), ha internalizado la idea de que su vida solo tiene valor si logra cumplir su “propósito”. En otras palabras, cree que su identidad se define por su vocación. Esta es una noción muy extendida en nuestra cultura y que la psicología —desde Viktor Frankl hasta Erikson— ha problematizado: ¿qué pasa cuando nuestra identidad está atada a una sola función? ¿Y si no la cumplimos? ¿Y si sí… pero no sentimos nada?

Joe vive en el estadio que Erikson llamó generatividad vs estancamiento, típico de la adultez media: una lucha interna entre dejar huella en el mundo o sentir que uno solo sobrevive. Joe quiere trascender, pero en esa búsqueda se olvida de vivir. La película lo enfrenta, literalmente, con la muerte para obligarlo a ver su vida desde afuera.

Y aquí aparece el alma 22. Un ser que no quiere nacer, que no le ve sentido a la existencia humana. Y, aunque parezca raro, representa a muchos niños y adolescentes que no encajan, que no se sienten “apasionados por nada”, que temen vivir porque sienten que no tienen “chispa”. Pero la película da un giro brillante: esa chispa no es un propósito, sino la disposición a vivir. No hay que nacer sabiendo para qué vinimos. Basta con querer intentarlo.

Desde la teoría de Lev Vygotsky, podríamos decir que 22 necesita un andamiaje emocional para animarse a vivir. Joe, sin saberlo, le brinda ese acompañamiento: le permite explorar, sentir, probar el mundo con curiosidad. Al principio, 22 se niega a bajar a la Tierra porque cree que no tiene lo necesario. Pero, en realidad, el problema no es ella: es el sistema que la ha hecho creer que tiene que brillar desde el primer día.

Uno de los momentos más hermosos es cuando Joe, después de lograr “su gran sueño” (tocar con Dorothea Williams), se da cuenta de que no se siente distinto. Que ese momento que esperaba con ansias no cambió su alma. Solo fue… un momento. Y es ahí donde Soul nos da su lección más fuerte: no se trata de una gran realización, sino de una suma de pequeñas vivencias. No es la noche del concierto, es el rayo de sol en la cara, la hoja que cae, el sabor de una pizza, la risa compartida.

La película también toca, aunque de forma sutil, el síndrome del impostor, el miedo al fracaso y la ansiedad por el futuro: fenómenos muy comunes en los jóvenes hoy. Joe teme no ser lo suficientemente bueno. 22 teme ser “demasiado nada”. Y en medio de eso, ambos descubren que lo importante no es ser excepcional, sino estar presente.

Soul es, en el fondo, una película sobre el aquí y el ahora. Nos recuerda que vivir no es lograr, sino sentir. Que el sentido no se encuentra en una meta lejana, sino en la conciencia plena del momento. Como diría Jon Kabat-Zinn desde el mindfulness: “Mientras estás vivo, hay más cosas que están bien que mal contigo”.