Ayudar a un niño es uno de los actos más naturales del mundo adulto. Está en el reflejo automático de agacharnos cuando escuchamos “no puedo”, en la mano que se adelanta cuando vemos que algo puede caerse, en la voz que dice “yo lo hago” antes de que el intento termine. El problema no es la ayuda en sí, sino cuando ayudamos demasiado pronto, demasiado rápido o demasiado completo. Ahí, sin darnos cuenta, podemos estar quitándole al niño una de las experiencias más importantes de su desarrollo: la posibilidad de descubrir que es capaz.
Desde la psicología infantil entendemos que pedir ayuda es una habilidad sana. Un niño que pide ayuda no es débil, es consciente de sus límites. Sin embargo, también sabemos que la resolución de problemas se aprende resolviendo problemas, no observando cómo otros lo hacen. Jean Piaget explicaba que los niños construyen su pensamiento a partir de la acción. Es decir, pensar no es algo que aparece por arte de magia, se forma cuando el niño intenta, se equivoca, ajusta y vuelve a intentar. Cuando un adulto interviene de inmediato, ese proceso se corta.
Aquí aparece una pregunta clave para madres y padres: ¿cuándo ayudar y cuándo no? La respuesta no está en dejar solos a los niños ni en convertirnos en solucionadores oficiales de la infancia. Ayudar es necesario cuando el niño está en peligro, cuando el problema está claramente por encima de sus capacidades o cuando la frustración es tan grande que bloquea cualquier aprendizaje. Pero hay muchos otros momentos en los que el niño sí puede, aunque le cueste, aunque tarde más, aunque no salga perfecto.
Donald Winnicott hablaba de la importancia de un adulto “suficientemente bueno”, no perfecto. Un adulto que sabe estar disponible, pero también sabe retirarse. Esta idea es clave, porque el exceso de ayuda puede enviar mensajes silenciosos pero muy potentes: “esto es muy difícil para ti”, “sin mí no puedes”, “mejor no intentes”. Con el tiempo, estos mensajes pueden transformarse en inseguridad, miedo al error y baja tolerancia a la frustración.
Lev Vygotsky nos ayuda a entender mejor este equilibrio con su concepto de la Zona de Desarrollo Próximo. Es ese espacio donde el niño todavía no puede resolver algo solo, pero sí puede hacerlo con una guía adecuada. Aquí está el verdadero rol del adulto: no hacer por el niño, sino ayudarle a pensar. Ser un andamio temporal que se retira cuando la estructura ya se sostiene sola.
En la vida cotidiana esto se ve en cosas simples. Un niño que intenta ponerse los zapatos y pide ayuda no siempre necesita que se los pongamos. A veces necesita que le digamos “empieza por este pie”, “¿recuerdas cómo lo hiciste ayer?” o simplemente que estemos cerca mientras lo intenta. Cuando el adulto hace todo, el resultado es rápido, pero el aprendizaje es mínimo. Cuando el niño lo logra con apoyo, el aprendizaje es profundo y duradero, porque no solo aprendió una acción, aprendió que puede.
Muchos padres se preocupan cuando sus hijos se frustran. La frustración incomoda, duele, y dan ganas de borrarla. Pero la psicóloga Carol Dweck ha mostrado que los niños desarrollan mayor resiliencia cuando entienden que equivocarse es parte del proceso. Validar la emoción es fundamental: “veo que estás molesto”, “entiendo que no salga a la primera”, pero validar no significa resolver. Significa acompañar sin invadir.
También es importante entender que no todas las peticiones de ayuda tienen que ver con incapacidad. A veces los niños piden ayuda porque están cansados, porque buscan atención, porque tienen miedo a equivocarse o porque quieren conexión. En esos casos, más que una solución, necesitan presencia. Frases como “confío en que puedes intentarlo” o “yo te acompaño mientras lo haces” fortalecen la autonomía sin romper el vínculo.
Criar niños capaces no significa exigir independencia temprana ni dejarlos solos frente a sus dificultades. Significa enseñarles a pensar, a probar, a tolerar el error y a confiar en sí mismos. Cada vez que resistimos la urgencia de resolverles todo, les estamos dando una oportunidad silenciosa pero poderosa de crecer.
Porque al final, ayudar bien no es quitarles los problemas, es enseñarles que pueden enfrentarlos. Y aunque a veces el proceso sea más lento, más desordenado o termine con una pequeña crisis por una galleta que no salió como esperaban, ahí mismo, en ese intento imperfecto, se está formando una habilidad que les servirá toda la vida.
