La moral se aprende viviéndola

Construir la idea de lo bueno y lo malo en la mente de un niño no ocurre de un día para otro, ni se logra con discursos largos ni con castigos memorables. Es un proceso lento, cotidiano y profundamente relacional. No nace de una lista de normas pegada en la nevera, sino de miles de pequeñas experiencias que los niños viven con los adultos que los cuidan. Desde la psicología infantil sabemos que la moral no se enseña como una materia escolar, se aprende viviéndola.

Durante los primeros años de vida, los niños no distinguen lo bueno de lo malo como lo hacemos los adultos. No parten de una brújula moral interna, parten de la experiencia. Jean Piaget explicaba que, en la infancia temprana, los niños atraviesan una etapa de moral heterónoma, donde lo correcto o incorrecto depende de la autoridad externa. Algo es “malo” porque el adulto se molesta, no porque el niño comprenda aún el impacto de sus actos. Esto no es un problema, es una etapa necesaria del desarrollo.

Aquí aparece el primer error común: creer que un niño pequeño actúa “con mala intención”. En realidad, su conducta suele estar guiada por impulsos, emociones intensas y curiosidad. Un niño que pega, miente o rompe algo no está cuestionando valores, está explorando límites. Por eso, más que castigar, lo que necesita es orientación emocional y sentido.

La idea de lo bueno y lo malo comienza a construirse cuando el niño entiende que sus acciones tienen efectos en otros. Y esto no se logra con sermones, sino con experiencias emocionales claras. Lev Vygotsky sostenía que el aprendizaje ocurre en la interacción social. En este caso, la moral se forma cuando el adulto pone palabras, significado y contención a lo que ocurre. Decir “eso está mal” no enseña tanto como decir “eso lastima” o “mira cómo se siente tu amigo”.

Uno de los pilares de la construcción moral es el ejemplo. Los niños no aprenden valores escuchándolos, los aprenden observándolos. Si un niño ve coherencia entre lo que el adulto dice y lo que hace, su cerebro empieza a integrar una lógica interna. Si ve incongruencia, aprende confusión. Un adulto que exige respeto, pero grita; que pide honestidad, pero miente; que habla de empatía, pero ridiculiza, transmite mensajes mucho más fuertes con sus actos que con sus palabras.

Donald Winnicott hablaba de la importancia de un entorno suficientemente bueno, donde el niño se sienta seguro para explorar, equivocarse y reparar. La reparación es clave en la moral infantil. No se trata solo de señalar el error, sino de enseñar qué hacer después. Cuando un niño rompe algo o hiere a alguien, la pregunta no debería ser solo “¿por qué lo hiciste?”, sino “¿cómo podemos arreglarlo?”. Ahí se construye responsabilidad, no culpa.

La culpa paraliza, la responsabilidad moviliza. Cuando castigamos sin explicar, el niño aprende a evitar la sanción, no a comprender la conducta. Carol Gilligan, psicóloga, planteaba que la moral también se construye desde el cuidado y la empatía, no solo desde reglas rígidas. Enseñar lo bueno y lo malo implica ayudar al niño a ponerse en el lugar del otro, a reconocer emociones ajenas y a entender que convivimos en relación.

Otro aspecto fundamental es el lenguaje emocional. Un niño que no sabe nombrar lo que siente tiene más dificultad para regular su conducta. Muchas acciones que los adultos califican como “malas” son, en realidad, emociones desbordadas. Cuando ayudamos a un niño a decir “estoy bravo”, “estoy triste” o “tengo miedo”, le estamos dando herramientas para actuar de manera más ajustada. La moral no se construye sin regulación emocional.

También es importante ajustar nuestras expectativas a la edad. No podemos pedirle a un niño de tres años el mismo nivel de autocontrol o conciencia moral que a uno de siete. La psiquis infantil madura por etapas, y exigir valores que aún no pueden integrar genera frustración tanto en adultos como en niños. Educar no es adelantar procesos, es acompañarlos.

Con el tiempo, y gracias a la repetición de experiencias coherentes, el niño empieza a interiorizar las normas. Ya no hace lo “bueno” solo porque el adulto mira, sino porque comienza a sentir internamente cuándo algo está bien o no. Ese es el verdadero objetivo: pasar del control externo a la autorregulación interna.

Criar niños con una noción sana de lo bueno y lo malo no significa criar niños obedientes por miedo, sino niños que entienden, sienten y eligen. Y ese camino se construye todos los días, en cómo hablamos, cómo reparamos, cómo ponemos límites y cómo acompañamos. Porque al final, la moral no se graba a fuego, se teje con paciencia.

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