Los niños y sus mascotas

La relación entre los niños y las mascotas suele estar cargada de ternura, expectativas y muchas fotos dignas de portada. Pero más allá de lo adorable, este vínculo es un terreno profundo de aprendizaje emocional, responsabilidad y respeto. Los niños no nacen sabiendo cómo relacionarse con un animal; lo aprenden observando, experimentando y siendo guiados por los adultos. Por eso, manejar esta relación no es solo cuestión de normas, sino de educación emocional temprana.

Desde la psicología infantil, entendemos que los niños pequeños todavía están construyendo la noción de “el otro”. Para ellos, el mundo es principalmente sensorial y egocéntrico, como describía Jean Piaget. Esto significa que no siempre distinguen entre lo que sienten ellos y lo que siente el animal. Un tirón de cola, un abrazo fuerte o una persecución pueden ser intentos de juego, no actos de maldad. El problema aparece cuando el adulto interpreta estas conductas como intencionales y no como falta de desarrollo.

Aquí el rol del adulto es traducir. El animal no puede decir “me duele” o “necesito espacio”, pero sí lo expresa con su cuerpo. Enseñar a los niños a leer esas señales es uno de los aprendizajes más valiosos. “Mira cómo mueve la cola”, “¿ves que se está escondiendo?”, “cuando se va, nos está diciendo que necesita descansar”. De esta manera, el niño empieza a comprender que el cariño no siempre se demuestra tocando y que el respeto también es una forma de amor.

Las mascotas, especialmente perros y gatos, pueden convertirse en figuras de apego secundarias. Para muchos niños, representan consuelo, compañía y regulación emocional. John Bowlby hablaba de la importancia de los vínculos seguros, y aunque su teoría se centró en figuras humanas, hoy sabemos que los animales pueden cumplir una función reguladora importante. Un niño puede calmarse acariciando a su mascota porque el contacto rítmico y predecible ayuda a su sistema nervioso a organizarse.

Sin embargo, esta cercanía no debe confundirse con igualdad. El niño necesita entender que la mascota no es un juguete ni un hermano al que puede tratar de cualquier forma. Aquí entra el aprendizaje de límites. Así como enseñamos a los niños a respetar el cuerpo de otras personas, también debemos enseñarles a respetar el cuerpo del animal. Esto implica normas claras, repetidas y coherentes: no se molesta cuando duerme, no se le quita la comida, no se le carga si no quiere.

Donald Winnicott hablaba de la importancia de un entorno que sostenga sin invadir. Esto aplica también a la convivencia con mascotas. Supervisar no es controlar, es estar disponibles para intervenir cuando el juego se vuelve demasiado intenso o cuando alguno de los dos se siente sobrepasado. Nunca se debe dejar a un niño pequeño solo con una mascota, no porque alguno sea “peligroso”, sino porque ambos están aprendiendo.

La edad del niño es un factor clave. En los primeros años, la relación debe ser más observada que ejecutada. A medida que el niño crece, se le pueden asignar pequeñas responsabilidades acordes a su desarrollo: llenar el plato de agua, ayudar a cepillar, acompañar en los paseos. Estas tareas no solo fortalecen el vínculo, también construyen empatía y sentido de cuidado. Carol Gilligan resaltaba que la ética del cuidado se aprende cuidando, no solo hablando de ello.

También es importante validar las emociones que surgen en esta relación. A veces hay celos, miedo o frustración. Un niño puede sentir que la mascota “le quita” atención o puede asustarse si el animal reacciona de forma inesperada. Minimizar estas emociones no ayuda. Nombrarlas, explicarlas y acompañarlas fortalece la seguridad emocional del niño y previene vínculos basados en la tensión.

La relación con una mascota es, muchas veces, el primer encuentro del niño con la responsabilidad hacia otro ser vivo que no puede hablar. Es una escuela silenciosa de empatía, respeto y cuidado. Pero para que esto ocurra, el adulto debe ser mediador, modelo y protector del vínculo, no solo espectador.

Cuando se acompaña bien, este vínculo deja huellas profundas. Enseña que el amor no es posesión, que el cuidado implica límites y que la conexión se construye escuchando, incluso cuando el otro no usa palabras.

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