Imagina una ciudad donde todos los animales conviven en armonía, desde osos polares hasta ratones diminutos. Una utopía… o eso parece. Zootopia entra en la vida de niños y adultos como una película animada divertida sobre animales parlantes, pero lo que nos entrega realmente es un ensayo magistral sobre los prejuicios sociales, las expectativas impuestas, la identidad, la resiliencia y el deseo profundo de encontrar (o crear) nuestro lugar en el mundo.
Judy Hopps, la primera coneja en un cuerpo policial dominado por animales grandes y poderosos, es el símbolo perfecto de lo que la psicología del desarrollo llama autoeficacia: esa creencia interna de que uno puede lograr lo que se propone, incluso cuando el contexto parece gritar lo contrario. Desde temprana edad, Judy se enfrenta a los mensajes que invalidan su sueño de ser policía. Pero ella encarna esa capacidad de resistir a la presión externa y cultivar una identidad basada en el propósito, no en las etiquetas. Si Vygotsky nos hablara de ella, diría que el entorno social le ofrece una zona de desarrollo próximo gigantesca… siempre y cuando logre encontrar mediadores que le ayuden a cruzarla.
Y entonces aparece Nick Wilde, el zorro. Cínico, relajado, sarcástico, pero también profundamente herido. Es el claro ejemplo de cómo los estereotipos internalizados pueden moldear nuestra conducta. Nick creció escuchando que los zorros son peligrosos y poco confiables, y al no encontrar una validación distinta, decidió jugar el papel que los demás le habían asignado. Aquí, desde una perspectiva de la psicología social, hablamos de profecías autocumplidas: cuando los estereotipos no solo nos afectan desde fuera, sino que empiezan a dirigir nuestros actos desde dentro.
La película no se queda en un relato personal. Eleva su discurso para hablar del miedo como herramienta de control social. Cuando los depredadores de Zootopia comienzan a “salvajezarse”, el discurso del miedo empieza a dividir a la ciudad. Y así, vemos cómo los prejuicios, como explica Gordon Allport, se alimentan de la ignorancia y el miedo, y se refuerzan en los momentos de crisis. La metáfora es potente: basta un rumor bien dirigido para destruir años de convivencia. La historia nos muestra cómo el miedo colectivo puede usarse para justificar el rechazo, la discriminación y la desconfianza, incluso en sociedades que presumen de ser inclusivas.
Pero lo más hermoso de Zootopia es cómo desmantela estas ideas sin sermones, sino a través del crecimiento emocional de sus protagonistas. Judy se da cuenta de que, a pesar de sus buenas intenciones, también puede tener prejuicios. Nick descubre que no tiene que vivir encerrado en la etiqueta de “zorro estafador”. Ambos aprenden a mirar más allá del instinto, del discurso social, de lo que otros esperan o temen de ellos. Crecen, en el sentido más pleno de la palabra: se hacen conscientes de sus sesgos, y eligen actuar desde la empatía.
Desde la psicología del aprendizaje, podemos decir que ambos personajes atraviesan un proceso profundo de desaprendizaje. Algo que no solo es difícil, sino incómodo. Abandonar creencias que nos han acompañado toda la vida implica un duelo. Pero también una liberación. Y aquí es donde la película se vuelve poderosa para los niños: porque les muestra que cambiar está bien, que cuestionar lo aprendido es sano, y que la identidad no es un molde rígido sino una construcción dinámica.
Zootopia no es solo una ciudad. Es una promesa. La promesa de que podemos vivir juntos, diferentes pero iguales, sin que eso implique renunciar a nuestras historias ni a nuestra esencia. Es un llamado a no reducir a nadie a su especie, su tamaño, su acento o su pasado. Es un recordatorio de que todos —sí, todos— estamos peleando alguna batalla interna.
