Unidos: La búsqueda mágica que todos llevamos dentro

Si Pixar tiene un superpoder, definitivamente es este: hace películas que los niños disfrutan con risas y aventuras, pero que a los adultos nos dejan existencialmente deshidratados y cuestionando nuestras relaciones familiares. Onward no es la excepción.

La historia sigue a Ian y Barley, dos hermanos elfos adolescentes que viven en un mundo donde la magia ha quedado relegada a los libros de historia. Todo cambia cuando encuentran un hechizo que podría traer de vuelta a su padre fallecido por un solo día. El pequeño detalle es que… solo logran materializarle la mitad inferior del cuerpo (sí, unos pantalones con zapatos que caminan solos, gracias Pixar). A partir de ahí, comienza una aventura para completar el conjuro antes de que se acabe el día.

Pero lo verdaderamente mágico de Onward no está en los dragones, ni en las criaturas mitológicas, ni siquiera en los hechizos. Está en el trasfondo emocional y psicológico que resuena en niños y adultos por igual.

¿Qué representa Onward en el mundo interior de los niños?

Este viaje tiene mucho de lo que Vygotsky llamaría una zona de desarrollo próximo emocional. Ian, el hermano menor, comienza la historia sintiéndose incapaz, inseguro, «menos» que los demás. Su voz interna está llena de dudas y miedos, y necesita —como todos los niños— una figura acompañante que le sirva de andamio emocional para atreverse a ser. En este caso, ese andamio es su hermano Barley: ruidoso, excéntrico, y aparentemente torpe, pero con una intuición emocional brillante.

La película pone en juego un aprendizaje clave para el desarrollo infantil: la confianza. Y no una confianza impuesta, sino una que nace de la experiencia, del ensayo y error, de vivir cosas juntos. Ian va descubriendo, a lo largo del camino, que todo lo que necesitaba ya estaba en él… pero que necesitaba un entorno seguro y afectivo para verlo.

La ausencia como motor narrativo

La figura del padre ausente no solo es literal, sino profundamente simbólica. Onward habla de la orfandad parcial, una realidad más común de lo que creemos en las infancias. Pero lo hace con ternura, con respeto, y sobre todo, con una claridad emocional que permite a los niños procesar la pérdida o la ausencia desde un lugar de curiosidad más que de dolor.

La película no se regodea en la tristeza. Nos recuerda que hay pérdidas que no se pueden cambiar, pero que también hay presencias invisibles que sostienen la vida cotidiana: hermanos, madres, figuras afectivas que cuidan sin tener título de héroes, pero que hacen magia todos los días.

La familia como red emocional

En un mundo lleno de hechizos y aventuras, el verdadero poder es la conexión emocional. Ian cree que necesita conocer a su padre para sentirse completo, pero termina descubriendo que ya ha tenido una figura paterna todo este tiempo. Barley, el hermano torpe pero valiente, ha sido su guía, su cuidador, su fuente de historias, su cheerleader personal.

Aquí entra en juego una de las teorías más hermosas de la psicología del desarrollo: la resiliencia relacional. No importa tanto lo que falta, sino lo que se construye con lo que sí está. Cuando los niños se sienten emocionalmente acompañados, pueden elaborar incluso los vacíos más grandes con ternura, con valentía y con sentido.

¿Y cuál es la galleta?

La galleta de Onward es que a veces vamos por la vida buscando figuras que nos completen, sin darnos cuenta de que ya hemos sido profundamente amados y acompañados por quienes han estado allí todo el tiempo, incluso si no han tenido capa, espada o título oficial. La magia no está en traer de vuelta lo perdido, sino en reconocer el valor de lo presente.

A veces nuestros hijos no necesitan grandes respuestas, sino que los ayudemos a mirar con nuevos ojos lo que siempre ha estado ahí: una mamá que improvisa hechizos en forma de galletas, un hermano que no para de hablar pero nunca deja de estar, o un adulto que, como tú, les enseña que cada aventura, por ordinaria que parezca, puede ser extraordinaria si se hace con amor.

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