La etapa de operaciones formales

La etapa de operaciones formales, según Jean Piaget, comienza alrededor de los 12 años y se extiende hasta la adultez. Aquí es cuando el cerebro del niño (ya casi adolescente) hace una especie de «actualización de software» y, de repente, empieza a pensar de forma lógica, abstracta y sistemática. Ya no se trata solo de entender que dos vasos con diferente forma pueden contener la misma cantidad de jugo, sino de plantearse dilemas existenciales, preguntarse por la justicia social, cuestionar las reglas establecidas… y, por supuesto, debatir contigo como si fueran expertos en derecho constitucional (aunque todavía no sepan dónde dejaron sus medias).

En esta etapa, los adolescentes desarrollan lo que Piaget llamó pensamiento hipotético-deductivo. Esto significa que ya no necesitan ver algo para entenderlo: pueden imaginar situaciones, hacer hipótesis y predecir resultados. Es el momento en el que empiezan a decir cosas como: «Si todos los humanos fueran invisibles, ¿cómo sabríamos que existimos?», mientras tú solo intentas que se coman su cena. También es la fase de los proyectos ambiciosos: hoy quieren ser músicos, mañana astronautas y pasado mañana activistas ecológicos, todo mientras ensayan una coreografía para TikTok.

El egocentrismo no desaparece del todo, pero cambia de forma. Ya no creen que el mundo gira a su alrededor de forma literal, sino que sienten que todos los ojos están puestos sobre ellos. Esto se conoce como la «audiencia imaginaria»: la creencia de que todos los están observando, juzgando y analizando cada paso que dan. Por eso eligen su ropa con la precisión de un diseñador en Fashion Week y pueden pasar horas decidiendo si su post en redes sociales tiene la cantidad adecuada de emojis. También aparece la «fábula personal»: la idea de que sus experiencias son únicas, incomparables y que nadie los entiende (especialmente tú, que simplemente les pediste que bajaran el volumen a la música).

Desde la perspectiva de Vygotsky, el entorno social sigue siendo clave. Aunque el adolescente ya tiene una capacidad mayor para aprender por sí mismo, sigue necesitando del diálogo, la guía y la interacción con adultos y pares para construir su pensamiento. La famosa Zona de Desarrollo Próximo ahora se llena de debates, discusiones argumentadas y desafíos intelectuales. La relación con padres, maestros, amigos y hasta figuras públicas comienza a moldear sus ideas sobre el mundo. Por eso, una conversación aparentemente casual sobre política o cine puede convertirse en una apasionada defensa de los derechos humanos, el cine independiente o la superioridad moral de los gatos sobre los perros.

A nivel académico, esta etapa es cuando se consolidan muchas habilidades esenciales: comprender textos complejos, resolver problemas matemáticos con varias variables, analizar información desde diferentes perspectivas. Ya pueden entender metáforas, ironías y dobles sentidos (lo cual puede hacer que las conversaciones sean mucho más divertidas… o mucho más confusas si decides usar sarcasmo a la ligera).

También es el momento en el que su identidad comienza a definirse con más claridad. Ya no solo imitan a sus figuras cercanas: ahora escogen a quién quieren parecerse. Investigan, exploran, prueban distintas versiones de sí mismos. Hoy son vegetarianos, mañana budistas, y pasado otra vez fans de una banda coreana. Y en medio de todos estos cambios, los padres siguen siendo una brújula fundamental, aunque muchas veces no lo parezca. Acompañarlos sin imponer, escuchar sin juzgar y estar presentes sin invadir, se convierte en una habilidad de nivel experto (y sí, puede requerir mucho chocolate y respiración profunda).

Y hablando de habilidades de alto nivel, llegamos a un punto crítico en esta historia: la galleta. Porque aunque ya tienen la capacidad de resolver ecuaciones de segundo grado y discutir sobre el cambio climático, si alguien parte una galleta a la mitad sin consultarles, puede desencadenarse un conflicto diplomático de proporciones internacionales. No porque no entiendan que sigue siendo la misma galleta, sino porque ahora quieren decidir cómo se parte, con quién se comparte, y si esa galleta representa o no un acto simbólico de respeto. Porque en esta etapa, cada galleta cuenta… especialmente si hay una cámara cerca y quieren hacer un discurso sobre la importancia del reparto justo de los recursos en el núcleo familiar.

Así que sí, la adolescencia puede parecer una montaña rusa emocional, pero también es una etapa maravillosa donde se abren las puertas al pensamiento complejo, la reflexión y la construcción de ideales. Solo hay que tener paciencia, buen humor… y muchas galletas bien repartidas.

Deja un comentario